Theia

Se cuenta que un solitario pastor de Chipre llamado Aristeides hizo una vez un regalo a una estatua. La había descubierto muchos años atrás, abandonada en un erial donde sólo crecían unos hierbajos morados de los que tanto gustaban sus cabras. Desde ese día, la visitaba a diario y durante un rato, a modo de secreto fetiche, vertía palabras en aquellos oídos pétreos por el mero placer de confesar, en voz alta, sus avatares diarios. También podía recrearse durante horas en una contemplación casi religiosa de aquel rostro tan hermoso. Porque a pesar de la erosión impasible de la intemperie y del avance expeditivo de los líquenes, se adivinaba en su figura una belleza olímpica; y era tan real su expresión de ternura y tan humana en su abandono a las palabras de Aristeides, que a fuerza de conversaciones imaginarias, el pastor terminó por enamorarse de ella. No es de extrañar pues, que aquella tarde hubiera pasado horas recolectando para su estatua un ramillete de flores y bayas de minuciosa policromía, que depositó con cuidado en el pedestal de piedra:

— Todavía no es la época buena, pero éstas son las más bonitas que he encontrado. Mira, no sé qué demencial emoción me impulsa a decir lo que te voy a decir, pero como nadie puede escucharme, lo diré de todos modos —Aristeides hizo una pausa para tomar aire y miró en derredor; sus cabras ramoneaban esparcidas por el erial con una indolencia tan ausente, que de alguna manera terminaron de convencerlo. Y al fin susurró: — Te amo….

Al pastor le pareció que la expresión serena de aquellos labios de mármol se estiraba en una imperceptible sonrisa, pero desechó el pensamiento como un efecto del excesivo calor. “Como si eso fuera posible…”, razonó creyendo que así desacreditaría un deseo del que tanto se avergonzaba. Pero la estatua no sólo sonrió, sino que entreabrió la boca, como si tratara de respirar. Sin pensar en lo que hacía, el pastor acercó una mano para tocar la escultura; y además de notarla caliente, sintió con espanto que el viejo mármol se emblandecía y que, despojándose de su natural dureza, cedía a los dedos suavemente. El hombre ahogó entonces un grito de sorpresa, pero no pudo resistirse a tocar una vez más aquella piel que poco a poco se iba sonrosando, y que latía con el pulso de un corazón que se deshelaba bajo la piedra. La mano de la estatua se movió entonces hasta rozar la mejilla de Aristeides, que se estremeció de felicidad.

— ¿Pero qué milagro es éste…? —dijo temblando.

La escultura, encarnada ahora en una mujer real, lo miraba con unos ojos grises plenos de ternura, y que no podían de ningún modo pertenecer al mundo terrenal.

— Sí, es un milagro —confirmó la mujer. Y entonces se agachó para recoger el ramillete, cuyo aroma aspiró profundamente con sus párpados cerrados—. ¡Oh, no sabes cuánto he rezado para que me fuera concedido este momento!

— ¿Pero cómo…?

— Yo también te amo — interrumpió ella, y entonces descendió de su pedestal de un salto, abrazándose al cuello del pastor. Las cabras alzaron la cornamenta sorprendidas por aquella presencia que hasta entonces no habían advertido, pero el pasmo sólo les duró unos segundos. El pastor se entregó entonces a la dicha del abrazo. Cerró los ojos y se embriagó con su perfume de flores silvestres, con el contacto de unos senos apenas cubiertos por un vestido de seda, y con aquel peso cálido y liviano, que ponía de manifiesto la realidad indiscutible de un cuerpo de mujer que se rendía a la potestad de sus brazos.

— Oh, dime tú nombre —pidió Aristeides, cubriéndole la cara de besos.

— Me llamo Theia —susurró, y entonces le dijo:— Pero ahora escucha, me ha sido concedido el regalo de esta forma sólo por unos instantes. Con la última luz del atardecer volveré a ser de mármol para siempre.

El pastor la miró horrorizado y abrió la boca, pero Theia se la tapó con una mano y prosiguió de esta manera:

— Yo ya no sabría vivir sin ti y no sé que será de mí cuando te mueras. Pero aún podemos estar juntos para siempre. Sube al pedestal conmigo antes de que el sol se oculte y fundámonos en un único beso. Entonces ambos cederemos nuestro cuerpo al sueño compartido de la eterna piedra. Deberás renunciar a tu existencia efímera y aprender a vivir en semejante estado de inmortalidad, pero nuestro amor será igualmente inmortal, indestructible. Nada podrá separarnos.

Entonces Theia, sin esperar una respuesta, cantó con voz irresistible:

Más allá de este tiempo 
sin frontera,

las estaciones bailarán
con nosotros.

Deja el dolor de la carne
para otros,

y será este amor un gozo 
sin tregua.

El pastor, apresado por el dulce hechizo del amor correspondido, no se detuvo a reflexionar ni siquiera un instante, y ambos subieron al pedestal cogidos de la mano. El sol declinaba en el Oeste tras una pequeña colina y esperaron al ocaso sin dejar de besarse ni de acariciarse, pues la inmortalidad había de petrificarlos en el mayor estado de embriaguez amatoria. Pero cuando la última luz del crepúsculo comenzó a desvanecerse, Aristeides notó que sus miembros se helaban y se volvían rígidos. Aquella sensación le infundió tanto pánico, que soltó a Theia y se cayó del pedestal; ésta alargó los brazos en un último intento por agarrarlo, pero era demasiado tarde: la primera sombra de la noche se había cernido ya sobre ella, fijando en su cara una expresión de sobresalto y tristeza que perduraría exactamente tres mil años.

Al cabo de ese tiempo ocurriría algo bastante improbable: cierto anochecer, una antiquísima estatua del museo del Pérgamo de Berlín se volcó como si una fuerza invisible la hubiera impulsado, rodando por una larga escalinata mientras se hacía añicos. La grabación de las cámaras de seguridad demostraba que, en efecto, nadie había empujado la escultura, pero a falta de una explicación razonable para tan irreparable pérdida, la administración del museo decidió despedir al desconcertado guardia que hacía turno aquella noche.

En cuanto a Aristeides, resulta incierto lo que fue de él. Algunas leyendas cuentan que se ahogó en su propio llanto, y otras aseguran que huyó a una isla lejana, atormentado por los remordimientos de conciencia y por una herida de amor insondable. Y aunque en estas últimas versiones se explica que terminó casándose con una reina, yo estoy convencido de que nunca más volvió a ser feliz, pues aunque por un tiempo estuviera vivo en apariencia, aquel atardecer el corazón debió de habérsele convertido en piedra.

Isfahán

Justo en el momento en que abría la puerta de mi coche, el jardinero de la comunidad echó a correr en mi dirección con el rostro desencajado por el miedo.

¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta tarde, por milagro, quisiera estar en Isfahán — dijo con su duro acento persa.

Lo miré estupefacto. Concluí que deliraba a causa de alguna fiebre, pero en sus ojos persistía la súplica y un temor profundo que jamás había visto en ningún ser humano.

—¿Por qué piensas que vas a morir? — le pregunté —. Yo no puedo llevarte a Isfahán, eso está a miles de kilómetros. Y a menos que encuentres un vuelo de inmediato, dudo que llegues antes del anochecer.

Por toda réplica, el jardinero se dejó caer sobre sus rodillas, y murmuró algo ininteligible. Entonces le ayudé a levantarse del suelo y percibí su amargo hedor, una mezcla de sudor y abono.

— Puedo llevarte al hospital de la ciudad si quieres. ¡Anda sube al coche!

El hombre estaba lívido y obedeció sin oponer resistencia. Conduje lo más rápido que pude y, durante los cincuenta minutos de trayecto, se ovilló contra la puerta del copiloto y no volvió a dirigirme la palabra, ni siquiera cuando le pregunté cómo se encontraba. El iraní tenía la mirada perdida; tiritaba con tanta intensidad, que por unos instantes pensé que no llegaría vivo a Urgencias.

Pero llegamos. Detuve el coche en la entrada de ambulancias y le sacudí la rodilla.

— ¡Vamos! Ya estamos aquí.

Entonces el jardinero despertó de su trance. Miró un momento por la ventanilla y luego me clavó unos ojos febriles.

— ¿Hemos llegado a Isfahán? No quiero morir lejos de mi tierra…

— ¿Isfahán? ¡No, hombre! Estamos en el hospital y no te vas a morir. Ahora escúchame bien — le dije mientras le quitaba el cinturón y le ayudaba a salir del vehículo—, ¿ves esa puerta grande? Tienes que entrar por ella y dirigirte al mostrador. Yo debo aparcar el coche porque no lo puedo dejar aquí, pero no tardaré más de cinco minutos. ¿Comprendes?

El hombre me miró con cierta consternación, pero asintió y me agarró el antebrazo con una fuerza sorprendente para su estado. A continuación dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada de Urgencias.

Lo que sucedió a continuación no lo olvidaré jamás, aunque pasó tan rápido que a veces me pregunto si no fueron imaginaciones mías. Pero por mucho que mi lado racional se empeñe en negarlo, que sucedió. Y fue tal y como aquí lo describo:

El jardinero se alejaba renqueando despacio, pero se detuvo a medio camino, como si de repente se hubiera acordado de algo. Entonces se desplomó pesadamente; pareciera que dentro de él se hubiera apagado algún interruptor. Sentí el impulso de ir a socorrerlo, pero mis pies se quedaron petrificados en su sitio, porque del edificio del hospital emergió, justo en ese instante, una figura femenina que reconocí con un vuelco en el corazón. No vestía de negro como a menudo solemos imaginar, sino de blanco. Y blancos eran sus cabellos, además de largos. Y todo eso, en conjunto con su tez extremadamente pálida, le daba un aspecto angelical y a la vez terrible, desagradable y a un tiempo hermoso. Pude reconocerla porque a lo largo de mi vida ya me la había encontrado varias veces: la primera por exceso de juventud, la segunda vez por exceso de tristeza, otra por exceso de velocidad, y una última vez no hace tanto tiempo y a cuento de ningún exceso, en los oscuros pasillos de otro hospital donde era yo quien agonizaba lejos de mi tierra, desamparado a la espera de un médico que nunca llegaba y de una habitación libre donde tal vez morir. Aquella noche su luminosa silueta apareció junto a mi cama y, sin poder hacer nada al respecto, vi cómo extendía hacia mi cara sus largos dedos. Pero estos titubearon un momento suspendidos en aquel vacío negro. Entonces se escucharon los pasos apresurados de mi doctor, y la extraña figura, sin mediar palabra se dio la vuelta y despareció en las sombras. Esa última vez no pude ver su rostro, pero supe que era ella.

Y ahora se encontraba allí mismo, a varios metros de distancia y a plena luz del día: se agachó junto al cuerpo inerte del hombre y lo levantó con la misma facilidad que si se hubiera tratado de un muñeco de trapo. En ese momento, ella me miró y también debió de reconocerme, pues dibujó una sonrisa que debería haberme helado la respiración. No obstante, acerté a leer una línea de esperanza: “Tú todavía no“. Le devolví la sonrisa y alcé una mano a modo de saludo, pero el Ángel de la Muerte no llegó a verlo, pues caminaba ya de vuelta al edificio con el cadáver del jardinero de Isfahán en sus brazos. Comprendí que el gesto que en la mañana le había hecho a éste no era de amenaza, sino de sorpresa, ya que debió de verlo lejos de donde debía tomarlo.

Microparadoja sin fin #28

Dime tú mismo:

¿Puedes mirar el fondo de las cosas sin romperlas?

¿Puedes romperte algunas cosas con mirarlas?

Sí que puedes.

Por eso ignoras lo que en el fondo sabes,

sin de verdad saber lo que ignoras:

No lo sabes;

pero sabes que lo ignoras.

Algiz

La señora K. sostuvo mis manos con las palmas hacia arriba, y por primera vez tomé conciencia de su deplorable estado: aunque vigorosas, mostraban una aspereza resquebrajada por el frío, el hierro y la piedra; callos jaspeados y orogénicos que habrían escandalizado al marinero más curtido. Entonces sentí vergüenza y de forma inconsciente traté de apartarlas, pero la bruja me las sostuvo con firmeza:

— Ver el futuro es muy fácil; no tienes más que dar un paseo por el cementerio —dijo observándome con unos ojos grises que parecían escudriñar la niebla—; lo difícil de verdad es saber mirar al presente a los ojos.

— ¿Y tú qué ves entonces?

— Veo lo contrario del amor.

— ¿Odio?

— El odio sigue siendo una forma de amor, quizás envilecido, pero no es en absoluto su contrario. En cualquier caso no veo ningún odio en ti, hijo mío…

— Entonces será “indiferencia” lo que ves. Alguien me dijo que lo contrario del amor es la indiferencia.

La señora K. se convulsionó con una risa que agitó los rulos rosas de su cabeza, y que finalmente se transmutó en una tos seca.

— ¿Quién te ha dicho esa tontería? —carraspeó—. La indiferencia podría ser la ausencia de amor, o incluso puede llegar a ser el punto y final. ¡Pero su contrario, jamás!

— Bueno, ¿entonces qué es?

La bruja fijó la vista en mi Algiz, la runa protectora que pendía sobre mi corazón.

— Lo contrario del amor —dijo en voz baja— …es el miedo.

 

Liebre

Érase una vez un lunes o un martes, creo que el de hace dos semanas, que me encontré a mi vecino Libardo en la puerta de la carnicería; estaba bailando solo y tarareando en falsete una canción francesa: Ma liberté, longtemps je t’ai gardée… comme une perle rare, ma liberté…

Alertado por un comportamiento tan ortogonal a su carácter, me acerqué para hablar con él:

— Buenas tardes, don Libardo, ¿va todo bien? ¿Por qué estás tan contento?

— Buenas… ¿qué digo buenas? ¡Buenísimas tardes! —contestó Libardo haciendo una pomposa reverencia— Soy tan, pero que TAN feliz, que tengo que contárselo a alguien: ¡esta mañana tenía trabajo!

— ¡Vaya! —le contesté—, me alegro por ti, eres un hombre suertudo.

— En realidad no tan suertudo —apuntó don Libardo—. La oficina estaba a dos horas en tren y mi jefe era un auténtico déspota.

— Entonces eras un hombre desafortunado —dije.

— Bueno, tampoco tan desafortunado —replicó él—, tenía 35 días de vacaciones y el salario sobrepasaba los cien mil anuales.

— Pues eras afortunado después de todo… —contesté confuso.

— ¡No, no! Yo no diría afortunado, ¿eh? —dijo Libardo— La empresa ha quebrado esta mañana y ya no tengo trabajo, ni salario ni vacaciones.

— Francamente, yo a eso lo llamo ser desafortunado.

— Oh, no hombre; tampoco desafortunado del todo —dijo riendo y bizqueando un poco—, a mi jefe también lo han despedido, y probablemente hasta le caigan un par de años de cárcel. ¡Pero yo soy liebre!

— ¡Querrás decir libre!

— Sí, eso… como se diga —concedió la liebre, antes de dar media vuelta y alejarse dando saltitos.

1154

+ Preámbulo +

Érase una vez, concretamente en el año 1154, en un pequeño marquesado de Baviera, la historia de un desagradable incidente en el que hoy día casi nadie cree ni recuerda. En aquellos días, las brujas eran una realidad que la Iglesia aún no había logrado doblegar. Inefables señoras de la oscuridad, disfrutaban de poderes primigenios que les permitían transformarse, ora en vigilante cuervo, ora en dama de sacrílega belleza; también podían invocar a siervos abominables cuya maldad no tenía cabida sino en su propia dimensión de origen. Sin embargo, durante muchas edades se había considerado a las brujas un mal necesario, pues por medio de sus negras artes prosperaban las cosechas, medraban los becerros y sanaban los leprosos. En la época del duque Arnulfo, de quien por cierto se murmuraba la sospecha de haberse desposado con una bruja, el gremio de hechiceras ya había acumulado tal poder, que superaba al de cualquier duque que las Germanias hubiere conocido. Y aunque la Historia ha sido injusta con su memoria, hay viejos que reconocen a puerta cerrada que después de todo, las brujas no habían resultado tan perniciosas como lo fuera la Iglesia, católica o protestante, durante los siglos venideros. Pero ésa es una cuestión más propia de otro tipo de cuento; en éste las brujas tienen, pese a tan extenso preámbulo, un papel secundario o de trasfondo, si lo prefieren.

+ Weissturmdorf +

Desde el lugar donde el monje Tobías se encontraba, apenas podía escucharse la conversación; pero vio claramente que el obispo de Würzburg pateaba la polvorienta alfombra del Corregidor, a quien señaló con su poderoso dedo. El Corregidor, a pesar de su prominente barriga y aún más prominente calva, se encogió como un niño al que se le reprendiera por haber sido sorprendido robando un trozo de torta. Entonces el obispo dio media vuelta y salió del Ayuntamiento, refunfuñando en voz lo suficientemente alta:

— ¡Garambainas! Un cristiano decente hablando en favor de tales pecadoras, por el amor de Cristo…

El Corregidor se recompuso y entonces se dirigió a Tobías con voz firme:

— Monje, ve a hablar con el sacerdote para que lo prepare todo de acuerdo al malleus maleficarum. Esta noche haremos una Hexenjagd.

— Pero señor Corregidor — protestó Tobías  —, hoy es Walpurgisnacht, sería mejor hacer eso cualquier otra noche…

El corregidor interrumpió alzando una blanda mano y suspiró con cansancio.

— ¿Crees que no he intentado convencer al obispo? Pero es un hombre obstinado y extranjero, él no ha visto lo que una bruja puede desencadenar en una aldea como ésta.

Las campanas de la pequeña iglesia de Weissturmdorf plañeron unas notas que no resonaban en aquellos callejones desde hacía décadas; era la llamada a la caza de brujas. Los aldeanos se miraban confusos y asustados, pensando que debía de tratarse de una broma pesada. “¡Hoy es Walpurgisnacht! Nadie caza brujas en Walpurgis…”. Pero las instrucciones del Corregidor habían sido muy claras, y más claro aún era el sello del Obispo que firmaba el acta, clavada con firmeza en la puerta del Ayuntamiento: todo ciudadano varón debía colaborar en el arresto y ejecución de las impías brujas, so pena de ser acusado de cómplice de hechicería.

En particular, aquella noche se cazarían a las hermanas Matilde y Caroline, que vivían en una casa a la sombra de un bosque del que rara vez salían, sino era para comprar extrañas rocas y fluorescentes potingues a cierto buhonero del Tirol, que abandonaba los Alpes una vez al mes para mercadear en las aldeas del marquesado. Pero Matilde y Caroline también habían escuchado las campanadas que se filtraban, débiles pero inconfundibles, a través del espeso robledal. Se miraron un momento inquietas, y sin decir nada se abrazaron a modo de despedida, pues las runas ya habían demostrado su mutismo al ser consultadas sobre el futuro, y de su chimenea emergía un inexplicable olor a carne quemada. No obstante, no abandonarían este mundo sin vender cara su piel: era 30 de abril, y esa misma noche celebrarían el aquelarre más poderoso y malvado como jamás se vio ni volvió a verse en esa región.

+ Hexenjagd +

Los aldeanos penetraron el bosque envueltos por la luz de las antorchas, en un silencio que se cristalizaba en sus rostros crispados. La comitiva estaba encabezada por el obispo en persona, que avanzaba a grandes zancadas, tocado con un casquete ceremonial de color rojo y una expresión de escéptico desprecio. Le seguían el sacerdote y un Corregidor de semblante lívido, cuya antorcha tremulaba como si en cualquier momento fuera a caérsele de las manos. Tras ellos caminaba una treintena de aldeanos, que portaban hachas, horquetas, azadones y otros aperos de labranza. El bosque los acechaba inhóspito, y les parecía que mil ojos observaban tras los matorrales. El monje Tobías y su pupilo, el novicio Reinfried, cerraban la marcha portando sendas antorchas.

— Esto es una locura — Tobías no cesaba de repetir la misma cantinela. En cambio el novicio se mostraba más sereno que su mentor:

— Ten fe, hermano. Dios está de nuestro lado — dijo éste con una voz de bajo, particularmente grave para su edad, que contrastaba con sus mejillas tiernas y rosadas.

Tobias volvió a santiguarse con su mano libre, pero entonces vio algo que le dejó paralizado. No debió de ser el único, pues la turba se detuvo en seco y al unísono, fijando una mirada de espanto en el cielo: la luna se había ocultado parcialmente tras una nube, mostrando a través de la bruma un halo escarlata y brillante. Mal presagio. Justo en ese momento, se escuchó un alarido ensordecedor que heló la sangre a todos; no parecía humano y, sin embargo, debía de haber sido modulado por alguna suerte de inteligencia inframundana. Algunos arrojaron sus armas al suelo y huyeron despavoridos, aunque la mayoría permanecieron inmóviles y rígidos. El grito provenía, en efecto, de la casa de las brujas, cuyo contorno de irregulares ladrillos se dibujaba ya bajo aquella extraña luminosidad rojiza.

— ¡No temáis, hijos míos! — proclamó el obispo volviéndose a la muchedumbre con los brazos extendidos —, la voluntad de Dios triunfará una vez más sobre las tinieblas, ¡ahora sí, venid todos conmigo! ¡Quememos a las brujas!

Algunos aldeanos respondieron con síes y “muerte a las brujas” con más bien escaso convencimiento, pero siguieron a su líder religioso hasta la puerta de la casita, que no hubo necesidad de forzar porque ya estaba entreabierta. Cuando el obispo cruzó el umbral, el crucifijo que pendía sobre su pecho estalló en mil astillas, que se le clavaron en la cara y en las manos.

+ Walpurgisnacht +

No me detendré en los pormenores del horror que aquellas piadosas gentes encontraron en la casa de Matilde y Caroline, pues su mero relato tendría la facultad de despertar a fuerzas malignas que desde entonces llevan muchos siglos dormidas, y así debe seguir siendo. No obstante, algunos detalles deben ser referidos ahora para comprender que, muchos aldeanos, el Corregidor y el mismo obispo murieran allí mismo y en el acto; los pocos que sobrevivieron, habían enloquecido de forma irreparable o murieron pocos años más tarde en las circunstancias más extrañas. Sólo el monje Tobías y su discípulo Reinfried salieron indemnes de aquello, gracias quizás a la juventud de su carácter y a su rápido ingenio. Pero esto lo narraré un poco más adelante.

Como decía, al asomarse al interior de la vivienda se les ofreció el más espantoso cuadro: toda la estancia había sido garabateada con repulsivos dibujos y caracteres en una lengua desconocida. No quedaba un sólo centímetro sin garabatear: las vigas del techo, las paredes, incluso el suelo, donde la pintura se confundía con la sangre y el contenido fluorescente de los matraces, que se habían caído de sus estanterías. No empero, sus miradas se dirigieron al centro de la habitación, donde un gigantesco lobo copulaba con el cuerpo desnudo y sin vida de la bruja Matilde. El lobo, al escuchar ruidos en la puerta, volvió sus fauces sanguinolientas y gruñó amenazador, pero entonces dio un poderoso salto y huyó por la ventana, rompiendo los cristales. Entonces observaron que Caroline, la hermana menor, yacía en una esquina con la espalda apoyada en la pared, el vestido abierto, la mirada vidriosa y una terrible mordedura en el cuello. La sangre manaba abundante y discurría en hilos rojos que se filtraban entre las baldosas de madera, recorriendo la estancia como si tuviera vida propia. En efecto, las hileras de sangre confluían en pequeños charcos rojos y se estremecían con diminutas olas, formando rostros cuasi-humanos que desaparecían súbitamente para volver a surgir más allá, en la superficie de otro charco. Pero la mayor aberración estaba todavía por acaecer: los cuerpos de las brujas comenzaron a convulsionarse y, primero el vientre de Caroline y luego el de Matilde, comenzaron a alumbrar unas criaturas pálidas y viscosas, vasculadas con gruesas venas azules y largas colas. El asqueroso parto post mortem trajo a la vida a una decena de lo que parecían demonios, que comenzaron a lamer con avidez la sangre del suelo. Entonces se arrojaron furiosos sobre los pocos aldeanos que de puro pasmo aún no habían huido.

De lo ocurrido en la noche del 30 de abril de 1154 no quedó crónica alguna, pues la Iglesia borró todos los registros con el fin de erradicar el temor supersticioso que durante tantos siglos inspiraron aquellas tierras yermas. En efecto, nunca nadie volvió a habitar el terreno que ocupó la aldea, e incluso hoy día los que viajan de paso, lo hacen siempre con una inexplicable prisa y sin detenerse más de lo necesario. Apenas hubo supervivientes en condiciones de hacer un relato coherente, pero se descubrió que la pequeña iglesia había sido tragada por una sima, abierta en el centro de la villa, junto con el Ayuntamiento y otros muchos edificios. Los demonios habían perseguido, torturado y bebido la sangre de todos los seres que encontraron a su paso, inclusive animales, mujeres y niños. Pero casi se me olvidaba: hubo dos supervivientes aquella noche que lograron burlar el mal, y probablemente sea gracias a ellos que esta historia ha llegado a nuestros oídos.

+Tres demonios +

El monje Tobías y el novicio Reinfried no habían seguido a la comitiva hasta la casa de las brujas. En cuanto escucharon aquel extraño alarido, echaron a correr hacia el interior del bosque con el corazón latiéndole en las sienes. En la lejanía aún podían oír los gritos de las gentes y los aullidos de los demonios, que se dirigían hacia la villa sedientos de venganza y muerte. Después de una agotadora carrera, decidieron trepar a un árbol y pasar la noche al resguardo de su copa. Tobías trataba de rezar un avemaría, pero los chillidos y los reflejos del fuego en el horizonte, más allá de la frontera de hojas, le impedía concentrarse. ¡Todo era demasiado espantoso! Su alumno Reinfried, en cambio, dormitaba ya en la rama contigua; por esa razón, éste no se dio cuenta de que tres demonios se habían congregado debajo del árbol.

— La noche casi ha llegado a su fin — dijo uno de ellos, que tenía un solo mechón de pelo negro sujeto al cráneo con un clavo oxidado — Pronto nos reclamará el Señor del Abismo.

— No quiero volver ahí abajo… — dijo el más escuálido — ¿Y si nos quedamos por aquí? Nadie se dará cuenta…

— ¡Silencio! — siseó el tercer demonio, que llevaba por collar una cadena de hierro —. Al Señor no se le escapa un alma; si nos fugamos, nos hará entrar en el caldero.

— ¡No! ¡El caldero no! — lloriqueó el del mechón de pelo.

El escándalo despertó al joven Reinfried, pero Tobías le indicó mediante señas que no se moviera. Sin embargo, debido al énfasis de sus gestos, la rama cedió y el monje cayó en medio de los tres demonios, que retrocedieron sobresaltados. Tobías gemía, ovillado bajo los pliegos de su hábito de monje.

— ¡Atiza! Si todavía quedan humanos — dijo el más escuálido, olisqueándolo con una nariz inexistente.

— Deberíamos comérnoslo — apuntó el de la cadena, aproximándose con lentitud. Pero Tobías se puso en pie y se sacudió el polvo del hábito, tratando de aparentar indiferencia.

— Tonterías — dijo Tobías —, no podéis comerme.

Los demonios rieron con maligno regocijo y sus pellejos pálidos, casi transparentes, vibraban flácidos sobre sus hinchados vientres. Pero aún más terrible que su aspecto era el hedor: una mezcla de azufre, sangre fresca y putrefacción.

— ¿Quieres apostar? — replicó uno — ¿Por qué no íbamos a poder comerte?

Tobías hizo acopio de todo su valor para erguirse y mirar a los demonios, uno a uno, a sus negros ojos, tan profundos como el mismo infierno.

— Porque yo soy… ehm, soy el Señor del Abismo — les dijo.

Los tres demonios enmudecieron y se miraron entre sí, confusos. El demonio con aspecto de jefe se acercó con la cabeza ladeada, para olerlo mejor:

— Si eres el Señor, ¿por qué apestas a humano?

— He adquirido esta forma… — titubeó el monje, mirando de soslayo a Reinfried, que observaba tenso desde el árbol — para poder supervisar vuestra actuación en el aquelarre. Quería verificar yo mismo, en persona, que todo iba como Dios manda… quiero decir, como yo el Diablo mando.

— No me lo creo, eso no tiene ninguna lógica — dijo el demonio de la cadena —. ¡Demuéstralo!

Tobías se quedó pensativo y entonces dijo en voz muy alta:

— ¡Ea! Voy a pronunciar mi verdadero nombre, y entonces una lechuza ululará tres veces.

Los demonios abrieron mucho los ojos, sin entender bien en qué consistía la demostración, pero a todas luces parecían perturbados.

— Yo… soy… ¡Satanás! — gritó el monje.

Los demonios se estremecieron al oír ese nombre y, el novicio Reinfried, que había entendido el juego a la perfección, ululó tres veces desde el árbol con todas sus fuerzas. La triquiñuela surtió el efecto deseado, pues los demonios se arrodillaron acongojados. El demonio del mechón de pelo le agarró un tobillo con su mano helada:

— ¡Oh, maléfico Señor! Te aseguro que no pensábamos escaparnos, por favor, por favor, perdóname.

Tobías se desprendió de la zarpa con una patada.

— ¡No os perdono, malditos traidores! Yo os condeno a… al caldero— dijo dubitativo.

Los tres demonios aullaron a la vez.

— ¡Al caldero no!

— Estábais planeando escapar… — acusó Tobías, enseñando sus blancos dientes y desencajando los ojos en sus órbitas. A esas alturas, empezaba a creerse su papel, y Reinfried se esforzaba por contener la risa. — ¿Por qué debería perdonaros, infames criaturas?

— Somos tus mejores siervos — dijo el demonio más esquelético, mostrando a modo de sonrisa una hilera de colmillos—, hoy he bebido la sangre de siete villanos, ¡en tu profano honor!

— Y cuánto has disfrutado con eso, bribón — replicó Tobías. Los tres demonios rieron, malinterpretando la consternación del monje — ¡Silencio traidores! He decidido que dormiréis en el caldero.

Las criaturas volvieron a gemir y se revolcaron por el suelo, arrancando puñados de tierra con sus afiladas garras.

— Amo, perdónanos — dijo el del grillete —. Haremos cuanto nos pidas, haremos los peores trabajos de aquí al resto de la eternidad… ¡Pero el caldero no!

— Juradme que haréis cualquier cosa que yo os pida.

Los demonios afirmaron atropelladamente, aunque se miraron entre sí sin comprender del todo, pues aquello de jurar no encajaba con el carácter infernal de su amo. Pero después de todo, aquellas almas habían sido condenadas por sus crímenes hacía miles de años. ¿Qué compromiso para su condena podía suponer un juramento en voz alta? ¿Qué poder podía conferirle a Satanás, que ya era dueño absoluto de sus voluntades?

— ¡Jurádmelo! — insistió el monje, implacable — O desataré sobre vosotros tales tormentos, que el caldero os parecerá un paseo en barco por la laguna Estigia…

Tobías pensó que quizás estaba excediéndose en su interpretación y que hablar de mitos de existencia dudosa podía acabar con su plan. Pero entonces, la grave y tenebrosa voz de Reinfried reforzó desde el árbol su petición:

— Jurad…

Aquello terminó de atemorizar a los confundidos demonios, que se apresuraron a exclamar:

— ¡Lo juramos, lo juramos! Dinos Señor, ¿qué quieres que hagamos?

Tobías los miró de hito en hito, y tragó saliva, pues sabía que ahora se jugaba todo a una carta. Si la petición les parecía desmesurada o absurda, los demonios lo desenmascararían y se lo comerían vivo. Pero si obedecían, Reinfried y él tendrían una oportunidad para escapar.

— Quiero que cavéis un agujero en el suelo tan profundo como podáis y os enterréis en él.

— ¿Para qué? — dijo el demonio del mechón de pelo negro.

— Para devolveros a nuestro mundo más rápido.

— ¿Prometes que no iremos al caldero? — preguntó el segundo demonio.

— Sólo si obedecéis de inmediato.

Entonces los demonios se pusieron a excavar con sus largos dedos, y en menos tiempo de lo que habría tardado una tropa de zapadores profesionales, abrieron un agujero lo suficientemente ancho y profundo para los tres. Entonces comenzaron a arrojar tierra sobre sí mismos, hasta desaparecer bajo un montículo marrón.

— Aseguraos de que quedáis completamente enterrados — ordenó Tobías desde la superficie. Entonces escucharon una voz amortigada bajo tierra:

— ¡Ya está!

Tobías hizo señas a Reinfried para que bajara del árbol, y juntos cubrieron el montículo con pequeñas piedras formando la señal de la cruz. Entonces se arrodillaron y bendijeron la sepultura usando las oraciones más potentes que conocían. Los demonios se dieron cuenta enseguida del engaño, pero las bendiciones habían sellado la tumba y no lograban escapar. Las voces llegaban ahogadas a la superficie:

— ¡Mentiroso, libéranos! ¡Quema! ¡La tierra quema!

El montículo tembló un momento y luego quedó en una calma absoluta. Los tres demonios nunca jamás volvieron a salir.

+ Una gasolinera +

Han pasado casi 900 años de aquello, pero esa región de Baviera continua misteriosamente yerma y deshabitada. A poca distancia hay una fábrica de automóviles abandonada, y una gasolinera por la que apenas pasa gente. A lo lejos, al pie de un roble, aún puede observarse un pequeño túmulo cubierto de hierbajos. Andreas Winterfell, el único trabajador de la gasolinera, se lamenta de su mala suerte mientras termina de llenar el depósito de mi coche.

— No es el que el negocio vaya mal —me explica—, pero es muy desagradable escuchar esos ruidos cuando llega la noche. Es como si mascaran y devoraran lo que encuentran alrededor de ellos, ¿sabes? Se les oye comer como si fueran cerdos, con ruidos sordos y como gruñendo… Me ponen de los nervios.

— Quizás deberías desenterrarlos y dejar que se marchen —le propongo mientras busco un billete en mi cartera—. A lo mejor cuando se vayan la zona vuelve a prosperar. Y tú serías famoso.

En realidad lo he dicho sin pensar, pero el señor Winterfell parece reflexionar sobre ello. Entonces agita su papada enérgicamente, como para sacudir esa idea de su cabeza.

— Ni que estuviera loco, oye.

En realidad me alegro de su negativa, y me reprendo mentalmente por hacer sugerencias tan estúpidas. Creas o no en esas historias, hay cuestiones que no se deberían remover y la existencia de ciertos poderes sobrenaturales deberían ser mantenidos, cuanto menos, en el terreno de la duda. Sin embargo, mientras me alejo de la gasolinera, veo por el espejo retrovisor algo que me horroriza: Andreas Winterfell camina ya hacia el montículo, y lleva una pala en el hombro.

Ribera

Amaneces en la ribera de mi almohada con tu pelo deshilachado de bajamar. La impresión de una marejada nocturna te ha conducido, náufraga pero invicta, hasta el calor de mis brazos. Tu boca ávida busca a ciegas ya la mía; y cosecha de ella lo que en mi pecho germinó la noche. ¡Las corrientes del sueño son a veces tan insondables! Pero yo te espero al final de la madrugada. Entretanto se abren tus ojos y, al mismo tiempo un sol trizado de brumas, se me adelanta y se derrama en tus mejillas. ¿De qué sol se trata? ¿Qué ciudad del mundo es ésta? No importa: allá donde tú despiertes, deja que yo lo llame hogar; deja que me pregunte siempre: ¿qué lugar del mundo es éste, que tanto se parece a Ítaca?

Europäisch

Graffiti casi escondido en un descampado de Huelva.

—No puedo dejar de conmoverme con este panorama —le dije a Federico, que siguió la dirección de mis ojos hasta un grupo de manifestantes que vociferaban roncamente en una desolada plaza de Frankfurt.

—Hoy es jornada de reflexión en Alemania —observó Federico— creía que no estaban permitidos mitines ni manifestaciones políticas.

Yo negué con la cabeza y luché a duras penas por aflojar el nudo de mi garganta.

—Ésa no es una manifestación política… —dije— Míralos bien: ninguno de ellos tiene menos de 80 años…

Los ancianos sostenían las banderas de la Unión Europea con visible dificultad, y sus pasos vacilantes obedecían a una voluntad más firme de la que aquellos pies podían soportar. El peso de la edad inclinaba unas espaldas que bregaban por enderezarse bajo las orgullosas estrellas doradas, con ayuda de bastón, muleta o tacatá. En el mejor de los casos, un niño de unos once años empujaba la silla de ruedas de su abuela, quien empuñaba no obstante su bandera como la personificación de la Libertad en el célebre cuadro de Delacroix. En sus rostros de árbol se cortezaban expresiones de serena determinación, valerosa resignación del último soldado que, ya acorralado en su colina durante el ocaso, reparte las últimas estocadas gritando las insignias de una causa perdida.

— No, ésta no es una manifestación política —repetí, con un hilo de voz—; es la defensa agonizante de un concepto malogrado, de un ideal moribundo.

—No deberían afectarte tanto estas cosas —dijo Federico mirándome con preocupación—. Los vientos de la Historia son inexorables y nosotros, hombres insignificantes. El proyecto europeo ha resultado ser un fracaso. ¿Qué le vamos a hacer?

—Un fracaso…

Fracaso. Fracaso habría sido iniciar entonces una discusión política con mi amigo, pues como suele resultar de tales coloquios, yo me habría aplicado en convencerlo con obstinados argumentos y agudos silogismos, en tanto que él se habría esforzado en su postura con al menos la misma intensidad. Una pérdida inútil de energía y posiblemente de estimación mutua. ¿Y todo con qué fin? ¿Se trata de argumentar nuestra postura o de obtener la supremacía intelectual sobre el amigo? Tan rápido se desvirtúa el noble interés por sacar al prójimo de su presunto error, que acaba transformándose en un desesperado intento por sobresalir retóricamente con el ego intacto. No; es por eso que ya me guardo mis opiniones para mí mismo: me otorga la libertad de no sentir ningún apego por ellas; puedo moldearlas conforme a las verdades y mentiras que el tiempo va revelando sin ser esclavizado por una ideología. El fracaso de nuestra modernidad es, quizás, el no ser capaces de dar un paso fuera de posturas predeterminadas; la incapacidad de aceptar ni la provisionalidad de nuestras certezas ni la ambigüedad inherente a nuestros razonamientos, en tanto que los matices intermedios los consideramos mera hipocresía o falta de carácter. Hemos aquí, pues, el rigor mortis de Europa.

Sumido así en la intimidad de mi pensamiento, me dije que Europa estaba destinada a ser algo más que un proyecto político o económico: era un concepto garante de nuestra libertad, de nuestra paz y de nuestra cultura, un valioso contenedor de los heterogéneos valores de la Civilización. Y sin embargo, son precisamente sus carencias democráticas las que hoy la hacen languidecer; son quienes, aprovechándose de ello, han convertido Europa en una ruidosa casa de putas. Hoy las naciones se “independizan”, los pueblos se dividen. Prevalece un Nosotros que se amuralla en círculos cada vez más estrechos, frente a un Ellos del que no ha mucho formábamos parte. Ellos son hoy el opresor, ellos son el culpable de nuestra miseria, ellos son el ancla de nuestro progreso. Recordé el optimismo enardecido durante el “verano de Europa”: las identidades nacionales comenzaban ya a disolverse en una pluralidad que definía, fortalecía, el sello de una mayor identidad europea. ¿Valdría citar paralelismos con la caída de los viejos imperios que otros más inteligentes que yo ya habían profetizado hace 30 años? De nada sirve predicar con libros de Historia en la mano; tales lecciones no son tal ante un pueblo con la nariz tan pegada a su realidad presente, que no es capaz de ver más allá de sus problemas actuales. Como siempre, desde su mullida posición, el futuro juzgará como estupidez lo que hoy sólo es un patético caso de miopía histórica.

Hilvanaba estas ideas mientras los encorvados lomos de los abuelos abandonaban la plaza en silenciosa marcha, arrastrando sus pantuflas a cuadros escoceses. Un anacrónico radiocassette comenzó a carraspear entonces el himno de la Unión Europea, An die Freude, oda a la Alegría, de Beethoven.

— Allá va el último bastión de occidente, Federico, camina ya hacia su tumba…

— ¡Cojones! Qué trágico te pones a veces —dijo Federico, empujándome en dirección contraria— Vamos a por un gintonic.

Ocelos

La escena sucedió sin pena ni gloria y, cosa extraña en mí, durante varios días no pensé mucho en ella. Pero ahora mismo sí estoy pensando en ella; y cuando digo “ella” me refiero tanto a la propia escena como a la protagonista de la misma, a la que, abusando de mis privilegios de narrador, he decidido bautizar con un pronombre en pro de la indefinición de su nombre: Ella.

Ella sostenía en sus manos el último ejemplar de “Ways of Escape” que quedaba en aquella librería de Berlín; Ella observaba su portada con cierta indiferencia y aquello me insufló esperanza:

— Ojalá no te lo compres — dije acercándome.

Su mirada se despegó del libro y se clavó en mi cara con una expresión que mutó de la sorpresa al reconocimiento, y luego de nuevo a la sorpresa. Entreabrió los labios como para responder y entonces los cerró de golpe. Sus enormes ojos azules reflejaban ahora su turbación; sin embargo, seguía sin decir nada.

— ¿No hablas alemán? — le pregunté en inglés. Pero entonces Ella habló en el idioma de Goethe:

— Disculpa, por un momento pensé que eras otra persona — dijo sacudiendo la cabeza con un gesto imperceptible —. ¿A qué te referías?

— A ese libro que tienes en las manos — lo señalé —: es el último que queda aquí. Pero seguro que también lo encuentro en Amazon…

Ella miró el libro y sonrió. Entonces me lo entregó con una mano firme.

— Yo ya lo he leído. Pero debes saber que no es el mejor que Graham Greene a escribir llegó.

— Creo que en éste habla un poco de Grieg, el poeta noruego — dije leyendo la contraportada.

Ella asintió, y por un momento me vi tentado a narrarle mi encuentro con la sombra de Nordahl Grieg en el bosque de Kleinmachnow. Pero decidí no airear con una desconocida hechos que ni yo mismo terminaba de comprender, así que la conversación viró hacia un breve intercambio de impresiones sobre la literatura del siglo XX, que derivó a su vez en un burdo intercambio de preguntas convencionales: ¿De dónde vienes? ¿Te gusta Berlín? ¿Qué haces con tu vida? Alguna broma, algunas risas. Deberíamos tomar café un día. Sí, conozco un sitio…

No, no aburriré al lector con tan inútiles pormenores. Sólo referiré un detalle crucial: durante toda la conversación, nuestras miradas se habían trabado la una con la otra, como zarzas salvajes, fijas las pupilas, enhiestos los párpados. Y en esos alardes líricos que sólo permite la retrospectiva, habríase dicho: como si el uno quisiera atisbar las secretas honduras del otro. Si bien por mi parte, y para hacer honor a la verdad, no había hondura en Ella que yo deseara atisbar; más bien al contrario: me limitaba a defenderme, a sostener el pulso de esos poderosos ojos azules, enmarcados en sus extremos por unas sutiles, imperceptibles arrugas, que añadían grave profundidad a unas pupilas que ya solas se adentraban en el piélago azul: vórtices marinos que parecían querer atrapar en su lecho abisal mis oscuridades más escondidas.

Entonces Ella dijo algo, a propósito de ocelos, que rompió mi cautiverio:

— Tienes los ojos de un hombre que conocí en Florencia — había interrumpido mi propio devenir poético dejando entrever, en tanto, alguna hebra de lo que en su cabeza acaecía.

— Él tendrá los suyos y yo tengo los míos — repliqué desabrido. Acababa de comprender el origen de su mirada fija, la verdadera razón de aquel sondeo; antes se me había antojado lirizante, mas ahora me resultaba de una insolencia insoportable. Desdeñé entonces la calidez de su risa, el vínculo a través de Greene, la invitación para tomar café. En su escrutinio me pareció que Ella medía similitudes, analizaba mi potencial como segunda parte, como Continuará para alguna historia inconclusa. Pero Ella había dado con ronin viejo, escarmentado ya por tan desafortunados lances y cansado de acarrear fardos tan pesados. En mi cabeza saltaron al unísono todas las alarmas: yo ya sólo deseaba encontrar una forma de escapar.

Ella retrocedió, confundida por mi incomprensible brusquedad, asustada por aquella repentina transmutación y por el portazo que vislumbró en mis ojos de reminiscencias florentinas; probablemente, se debatía en vano entre buscar una disculpa para una ofensa que no alcanzaba a comprender, o dar a su vez un portazo y mandarme a donde pica el pollo. El hechizo se había trocado, en un abrir y cerrar de ojos, en la incomodidad más insostenible; tanto fue así, que ya no recuerdo cómo nos despedimos, si es que lo hicimos. Me llevé el ejemplar de “Ways of Escape” y no volví a pensar en Ella. Hasta hoy.