Europäisch

Graffiti casi escondido en un descampado de Huelva.

—No puedo dejar de conmoverme con este panorama —le dije a Federico, que siguió la dirección de mis ojos hasta un grupo de manifestantes que vociferaban roncamente en una desolada plaza de Frankfurt.

—Hoy es jornada de reflexión en Alemania —observó Federico— creía que no estaban permitidos mitines ni manifestaciones políticas.

Yo negué con la cabeza y luché a duras penas por aflojar el nudo de mi garganta.

—Ésa no es una manifestación política… —dije— Míralos bien: ninguno de ellos tiene menos de 80 años…

Los ancianos sostenían las banderas de la Unión Europea con visible dificultad, y sus pasos vacilantes obedecían a una voluntad más firme de la que aquellos pies podían soportar. El peso de la edad inclinaba unas espaldas que bregaban por enderezarse bajo las orgullosas estrellas doradas, con ayuda de bastón, muleta o tacatá. En el mejor de los casos, un niño de unos once años empujaba la silla de ruedas de su abuela, quien empuñaba no obstante su bandera como la personificación de la Libertad en el célebre cuadro de Delacroix. En sus rostros de árbol se cortezaban expresiones de serena determinación, valerosa resignación del último soldado que, ya acorralado en su colina durante el ocaso, reparte las últimas estocadas gritando las insignias de una causa perdida.

— No, ésta no es una manifestación política —repetí, con un hilo de voz—; es la defensa agonizante de un concepto malogrado, de un ideal moribundo.

—No deberían afectarte tanto estas cosas —dijo Federico mirándome con preocupación—. Los vientos de la Historia son inexorables y nosotros, hombres insignificantes. El proyecto europeo ha resultado ser un fracaso. ¿Qué le vamos a hacer?

—Un fracaso…

Fracaso. Fracaso habría sido iniciar entonces una discusión política con mi amigo, pues como suele resultar de tales coloquios, yo me habría aplicado en convencerlo con obstinados argumentos y agudos silogismos, en tanto que él se habría esforzado en su postura con al menos la misma intensidad. Una pérdida inútil de energía y posiblemente de estimación mutua. ¿Y todo con qué fin? ¿Se trata de argumentar nuestra postura o de obtener la supremacía intelectual sobre el amigo? Tan rápido se desvirtúa el noble interés por sacar al prójimo de su presunto error, que acaba transformándose en un desesperado intento por sobresalir retóricamente con el ego intacto. No; es por eso que ya me guardo mis opiniones para mí mismo: me otorga la libertad de no sentir ningún apego por ellas; puedo moldearlas conforme a las verdades y mentiras que el tiempo va revelando sin ser esclavizado por una ideología. El fracaso de nuestra modernidad es, quizás, el no ser capaces de dar un paso fuera de posturas predeterminadas; la incapacidad de aceptar ni la provisionalidad de nuestras certezas ni la ambigüedad inherente a nuestros razonamientos, en tanto que los matices intermedios los consideramos mera hipocresía o falta de carácter. Hemos aquí, pues, el rigor mortis de Europa.

Sumido así en la intimidad de mi pensamiento, me dije que Europa estaba destinada a ser algo más que un proyecto político o económico: era un concepto garante de nuestra libertad, de nuestra paz y de nuestra cultura, un valioso contenedor de los heterogéneos valores de la Civilización. Y sin embargo, son precisamente sus carencias democráticas las que hoy la hacen languidecer; son quienes, aprovechándose de ello, han convertido Europa en una ruidosa casa de putas. Hoy las naciones se “independizan”, los pueblos se dividen. Prevalece un Nosotros que se amuralla en círculos cada vez más estrechos, frente a un Ellos del que no ha mucho formábamos parte. Ellos son hoy el opresor, ellos son el culpable de nuestra miseria, ellos son el ancla de nuestro progreso. Recordé el optimismo enardecido durante el “verano de Europa”: las identidades nacionales comenzaban ya a disolverse en una pluralidad que definía, fortalecía, el sello de una mayor identidad europea. ¿Valdría citar paralelismos con la caída de los viejos imperios que otros más inteligentes que yo ya habían profetizado hace 30 años? De nada sirve predicar con libros de Historia en la mano; tales lecciones no son tal ante un pueblo con la nariz tan pegada a su realidad presente, que no es capaz de ver más allá de sus problemas actuales. Como siempre, desde su mullida posición, el futuro juzgará como estupidez lo que hoy sólo es un patético caso de miopía histórica.

Hilvanaba estas ideas mientras los encorvados lomos de los abuelos abandonaban la plaza en silenciosa marcha, arrastrando sus pantuflas a cuadros escoceses. Un anacrónico radiocassette comenzó a carraspear entonces el himno de la Unión Europea, An die Freude, oda a la Alegría, de Beethoven.

— Allá va el último bastión de occidente, Federico, camina ya hacia su tumba…

— ¡Cojones! Qué trágico te pones a veces —dijo Federico, empujándome en dirección contraria— Vamos a por un gintonic.

Ocelos

La escena sucedió sin pena ni gloria y, cosa extraña en mí, durante varios días no pensé mucho en ella. Pero ahora mismo sí estoy pensando en ella; y cuando digo “ella” me refiero tanto a la propia escena como a la protagonista de la misma, a la que, abusando de mis privilegios de narrador, he decidido bautizar con un pronombre en pro de la indefinición de su nombre: Ella.

Ella sostenía en sus manos el último ejemplar de “Ways of Escape” que quedaba en aquella librería de Berlín; Ella observaba su portada con cierta indiferencia y aquello me insufló esperanza:

— Ojalá no te lo compres — dije acercándome.

Su mirada se despegó del libro y se clavó en mi cara con una expresión que mutó de la sorpresa al reconocimiento, y luego de nuevo a la sorpresa. Entreabrió los labios como para responder y entonces los cerró de golpe. Sus enormes ojos azules reflejaban ahora su turbación; sin embargo, seguía sin decir nada.

— ¿No hablas alemán? — le pregunté en inglés. Pero entonces Ella habló en el idioma de Goethe:

— Disculpa, por un momento pensé que eras otra persona — dijo sacudiendo la cabeza con un gesto imperceptible —. ¿A qué te referías?

— A ese libro que tienes en las manos — lo señalé —: es el último que queda aquí. Pero seguro que también lo encuentro en Amazon…

Ella miró el libro y sonrió. Entonces me lo entregó con una mano firme.

— Yo ya lo he leído. Pero debes saber que no es el mejor que Graham Greene a escribir llegó.

— Creo que en éste habla un poco de Grieg, el poeta noruego — dije leyendo la contraportada.

Ella asintió, y por un momento me vi tentado a narrarle mi encuentro con la sombra de Nordahl Grieg en el bosque de Kleinmachnow. Pero decidí no airear con una desconocida hechos que ni yo mismo terminaba de comprender, así que la conversación viró hacia un breve intercambio de impresiones sobre la literatura del siglo XX, que derivó a su vez en un burdo intercambio de preguntas convencionales: ¿De dónde vienes? ¿Te gusta Berlín? ¿Qué haces con tu vida? Alguna broma, algunas risas. Deberíamos tomar café un día. Sí, conozco un sitio…

No, no aburriré al lector con tan inútiles pormenores. Sólo referiré un detalle crucial: durante toda la conversación, nuestras miradas se habían trabado la una con la otra, como zarzas salvajes, fijas las pupilas, enhiestos los párpados. Y en esos alardes líricos que sólo permite la retrospectiva, habríase dicho: como si el uno quisiera atisbar las secretas honduras del otro. Si bien por mi parte, y para hacer honor a la verdad, no había hondura en Ella que yo deseara atisbar; más bien al contrario: me limitaba a defenderme, a sostener el pulso de esos poderosos ojos azules, enmarcados en sus extremos por unas sutiles, imperceptibles arrugas, que añadían grave profundidad a unas pupilas que ya solas se adentraban en el piélago azul: vórtices marinos que parecían querer atrapar en su lecho abisal mis oscuridades más escondidas.

Entonces Ella dijo algo, a propósito de ocelos, que rompió mi cautiverio:

— Tienes los ojos de un hombre que conocí en Florencia — había interrumpido mi propio devenir poético dejando entrever, en tanto, alguna hebra de lo que en su cabeza acaecía.

— Él tendrá los suyos y yo tengo los míos — repliqué desabrido. Acababa de comprender el origen de su mirada fija, la verdadera razón de aquel sondeo; antes se me había antojado lirizante, mas ahora me resultaba de una insolencia insoportable. Desdeñé entonces la calidez de su risa, el vínculo a través de Greene, la invitación para tomar café. En su escrutinio me pareció que Ella medía similitudes, analizaba mi potencial como segunda parte, como Continuará para alguna historia inconclusa. Pero Ella había dado con ronin viejo, escarmentado ya por tan desafortunados lances y cansado de acarrear fardos tan pesados. En mi cabeza saltaron al unísono todas las alarmas: yo ya sólo deseaba encontrar una forma de escapar.

Ella retrocedió, confundida por mi incomprensible brusquedad, asustada por aquella repentina transmutación y por el portazo que vislumbró en mis ojos de reminiscencias florentinas; probablemente, se debatía en vano entre buscar una disculpa para una ofensa que no alcanzaba a comprender, o dar a su vez un portazo y mandarme a donde pica el pollo. El hechizo se había trocado, en un abrir y cerrar de ojos, en la incomodidad más insostenible; tanto fue así, que ya no recuerdo cómo nos despedimos, si es que lo hicimos. Me llevé el ejemplar de “Ways of Escape” y no volví a pensar en Ella. Hasta hoy.

Deseos

—¿Cómo se deja de sufrir, maestro?

Por 20 euros la sesión, mis charlas con el yogui húngaro de nombre impronunciable salían más caras que una confesión, pero mucho más baratas que una hora de consulta con cualquier psicologucho de tres al cuarto.

—Mientras vivamos atrapados en el samsara —respondió el maestro—, intentar evitar el sufrimiento sería como estar sentado en una chincheta: el dolor no cesará por mucho que cambies de postura.

—¿Y cómo me quito la chincheta?

—¡Pues poniéndote de pie! —El yogui comenzó a reír su chiste con verdadero regocijo. A pesar de rozar los sesenta, su risa sonaba como la de un niño. No pude evitar que la broma me molestara, pardiez, que estábamos hablando de mis cuitas.

—Yo tengo una especie de máxima que más o menos da sentido a eso—dije en un pobre intento por impresionar al sabio. Él me miró, paciente y expectante.

—¿Es que no me vas a decir lo típico de “si ya tienes la respuesta para qué me has hecho venir?”

—Podría decírtelo, claro —concedió el yogui—, pero entonces desperdiciaría una valiosa oportunidad de aprender algo nuevo—. Lo dijo con una humildad pasmosa; en ella no logré detectar ningún atisbo de afectación.

—Bueno, la máxima es la siguiente: “No puedes pensar una cosa ni hacer otra, ni puedes desear una cosa y querer otra“…

—”…pero siempre puedes abrir otra cerveza.” —completó, terminando la frase con una amplia sonrisa. Me quedé sin habla. El maestro ya conocía mi adaptación de las famosas palabras de Krishnamurti.

—Sí, yo también te leía a veces, en aquellos tiempos en los que parecías escribir con corazón ardiente y vehemencia casi furiosa.

—¿Tú leías aquellas publicaciones?

—Sí, sabía que pronto necesitarías mi guía. ¿Has oído eso de “el maestro sólo aparece cuando el alumno está preparado”? En ello hay más verdad de lo que jamás imaginaste. El maestro te esperaba en las sombras.

La referencia a una predestinación sobrenatural me habría impresionado, si no fuera por la tarifa de 20 euros la sesión. Las preguntas se agolparon en mi cabeza: si era una emanación de Buda, ¿para qué necesitaba cobrarme?; y si sólo nos conocíamos de una semana: ¿cómo había dado con publicaciones que hice desaparecer hace varios meses? ¿Cómo podía comprenderlas tan bien si apenas chapurreaba el español?  ¿Y cómo sabía que iba a necesitar su ayuda antes que yo mismo? Sin embargo acabé lanzándole la pregunta más irrelevante; ego de escritor:

—¿Crees que ya no arde mi corazón cuando escribo?

—Ahora escribes mejor, pero quizás sientes menos. O expresas menos de lo que sientes. Mi opinión inexperta es que tus palabras de hoy son el humo de las hogueras de ayer… Pero nos desviamos del tema y se nos acaba el tiempo —el yogui hizo un gesto vago, como si espantara una mosca —. Hablemos de tu “máxima”.

—Te escucho.

—¡Claro que se puede pensar una cosa y hacer otra! Y por supuesto que se puede desear algo y querer todo lo contrario. Al negar estas afirmaciones, te estás hundiendo más en ellas, porque expresan una realidad sobre tu vida muy importante.

—¿Qué realidad? 

—Que te sientes insatisfecho. Y en eso tienen mucho que ver tus deseos. Los deseos son complejos, pero en esencia todos pueden dividirse en dos tipos: deseos para lograr más felicidad, o bien deseos que buscan evitar el sufrimiento…

—¿Acaso no es la ausencia de sufrimiento una especie de felicidad?

—Desde el punto de vista que lo preguntas: no. El problema es que el deseo de felicidad se inclina hacia fuentes de felicidad que en determinado momento acaban provocando más sufrimiento. Y por otra parte, que muchos de nuestros deseos de reducir el sufrimiento propio, acaban provocando todavía más sufrimiento y confusión.

—Me he perdido —dije—. ¿Entonces debo renunciar a mis deseos para dejar de sufrir?

—¡Yerras de nuevo! Pero te felicito, estas preguntas te van acercando a la ausencia de sufrimiento. — Aunque en realidad no lo era, su sonrisa se me antojó burlona ,y yo contesté de mal humor:

—Ilumíname, pues.

El monje volvió a reír, jovial, y luego dejó caer su mano nudosa sobre mi hombro.

—No, no debes renunciar a los deseos, al contrario. Sólo debes aprender a distinguir qué cosas vale la pena desear y cuáles no.

El monje se levantó del suelo con agilidad y recogió su hatillo de cosas.

—Por el momento he dicho demasiado; nos vemos mañana, si quieres. — Y se marchó cerrando la puerta con suavidad. El sonido de su risa alegre aún vibraba dentro de las paredes del salón. Permanecí largo rato sentado en el suelo, con las piernas cruzadas.

Sabía que me estaba quedando con la punta del iceberg, pero había hallado algo importante: a veces el deseo de obtener felicidad se mueve en dirección contraria al deseo de evitar el sufrimiento. Las entrañas se desgarran cuando nos vemos obligados a elegir entre uno y otro. ¡Cuán a menudo he renunciado a mis deseos de felicidad pensando que tales caminos se hallaban sembrados de sufrimiento!  Y lo peor de todo: qué vanamente he buscado la felicidad en esa grisácea neblina que es la ausencia de sufrimiento. Por eso no he dejado de hacer una cosa y pensar otra, de querer una y desear otra. Es confuso, pero yo me entiendo. Al fin.

Nordahl

Camino, mino y mino el pensamiento mientras camino. Y nada de nada, mientras una nube de mosquitos sobre el espejo del lago nada. ¿Qué verán ahí, infelices, que bien les compensa el riesgo de morirse ahogados? Mosquitos valientes, mosquitos idiotas. Cerebro de… Pero un mosquito no usaría la expresión “cerebro de mosquito”, sino “cerebro de paramecio”. Escalarmente: ¿es un paramecio a un mosquito lo mismo que un mosquito a un hombre? Ojalá lo supiera. Opio del conocimiento inútil. Y ya basta: es mi propio cerebro el que me distrae con banalidades. Mindfulness, bitte: ¿qué siento en este momento? Veamos. Los árboles de este bosque me inquietan en su quietud. Leí que caminar cinco minutos por el bosque equivale a una hora de sueño; pero si el bosque es siniestro, ¿equivale a una hora de pesadilla? ¿Y si me quedo dormido dentro? Una pesadilla dentro de una pesadilla. Pero no habría motivo para tenerlas: 40 minutos diarios equivalen a 8 horas de sueño; el ser humano jamás necesitaría, por ende, volver a dormir. Piedad: esta lógica de atardecer me entorpece el pensamiento como esa otra nube de mosquitos. ¡Murmurad, oh árboles malditos! Silbad para mí una canción en vuestros afilados labios de pino, o lanzadme una piña a los pies en señal de duelo. Machado sí sabía exprimir su melancolía, que hasta de la áspera tierra soriana extraía versos que son todo vino y matices. Pero he aquí un desdichado incapaz de parir una sola idea original. Trotamundo, vagabundo y meditabundo; trotando vagando y meditando, como un sátiro cuyo nombre hubiera sido escrito en un ostrakon por el mismo Dionisio. ¿Pero quedarme encerrado en casa de la señora K. una tarde tan maravillosa? Ni hablar. Habría sido una alternativa de lo más insoportable. De todos modos, en este pueblo no hay mucho que hacer. Negocios. En los últimos tiempos me veo constantemente privado de mi tan necesitada soledad. Medicina para el espíritu, tan volátil, que de un momento a otro tórnase implacable veneno; peligroso privilegio: guarde yo cuidado de desearla con tanto ahínco… Pero hoy mi soledad es dichosa: el bosque desconocido carece de interés para otros caminantes. ¡Traspiés! Hay raíces retorcidas en el suelo como manos malignas, olvidadas, impacientes. Descuido del caballero, desconocido a su vez, que apenas puede gobernar sus encabritados pensamientos. Demasiado tiempo en los establos grises de la rutina…  ¿Pero qué es eso? Un rayo de sol hiende tardío el techo de ramas y arranca un destello solemne a un mojón de piedra: tiene una placa conmemorativa. Acércome. Hay una inscripción en noruego y su respectiva traducción al alemán: “En este lugar perdió la vida el poeta noruego Nordahl Grieg el 2 de diciembre de 1943“.

Se me eriza la piel. Justo en este lugar se estrelló su avión mientras combatía al ejército Nazi durante la II Guerra Mundial. Miro a mi alrededor y veo esparcidos los restos del fuselaje, todavía humeantes, bajo un espeso cielo brandenburgués de 1943. Las nubes de mosquitos se me antojan entonces escuadras de aeroplanos que zumban en una disonancia bélica. El bosque deja de serme desconocido: he aquí un mausoleo de árboles. Preciosa tumba a orillas de un lago. El poeta de Bergen murió aquí, luchando por la libertad en una guerra que a duras penas era la suya. Héroe insensato de elevado corazón. ¿Y qué sería de las letras sin esos Garcilasos que empuñaron ora la pluma, ora la espada...? La emoción me invade; me arrodillo ante la estela de piedra, feliz de mi fortuito hallazgo. Y como si de la verdadera lápida se tratara, como si los restos de Nordhal yacieran allí mismo, ríndole sentido homenaje…

— ¡Levanta de ahí! — la voz a mis espaldas me sobresalta, y quedo frente a frente con la sombra de un hombre. Facciones nórdicas, inconfundibles, oscurecidas por una raída gorra militar ligeramente ladeada. — Nuestro avión en realidad no se estrelló aquí, sino un poco más al norte — dice señalando la espesura.

No debiera quizás asombrarme tanto, habiéndome ya entrevistado con las sombras de quienes un día fueron Göthe, Stendhal y Lord Byron. Pero Grieg era al último escritor al que hoy hubiera esperado encontrar. En mi estupefacción sólo acierto a preguntar una obviedad:

— ¿Eres Nordhal Grieg?

— Sabes que no; al menos no exactamente. Y de todas formas no importa. ¿Tienes cigarrillos?

Iba a negar con la cabeza, cuando recordé que en el bolsillo de mi chaqueta aún guardo un habano, efecto de otro azar cuya causa no es conveniente recordar ahora. Se lo tiendo, y Nordhal lo olfatea, lo agita un momento entre sus dedos en señal de gratitud. Con un mordisco incisivo arranca la punta, que escupe enseguida con la despreocupación natural de cualquier hombre vivo. Entonces la llama de su encendedor ilumina breve su pálido rostro, pero el fuego no llega a reflejarse en sus pupilas.

— ¿Sabes que fumar provoca cáncer? — le pregunto mientras da una larga calada al puro. Me mira sorprendido a través de los níveos bucles que acaba de exhalar.

— Muy agudo — dice al instante, sonriendo sin emoción.  — Bueno, tú dirás.

— ¿Yo diré qué?

— Tú me has llamado, ¿qué querías preguntarme?

Abro la boca para replicar que yo no le he llamado ni deseo preguntarle nada, pero ningún sonido brota de mi garganta. Me doy cuenta de que en realidad eso no es en absoluto cierto; siempre hay preguntas que hacerle a un poeta muerto:

— ¿Por qué ese afán por la guerra?

— No es por la Guerra ni la violencia, se trata de la libertad… ¿Es que no has leído mi trabajo, chico?

— Algunas traducciones de tu poesía.

— Entonces deberías entenderlo — replica parco.

En realidad no lo entiendo, pero no quiero parecer estúpido.

— ¿Qué pensaste mientras tu avión caía en picado?

Nordhal Grieg da otra calada al puro mientras pondera su respuesta, rememorando aquellos últimos minutos de su vida. Entonces se fija en su frente una expresión grave, acentuada por el humo del tabaco.

— Das muchos rodeos, camarada. Pero ya he adivinado adónde deseas llegar con estas preguntas tan poco pertinentes —su voz es pausada y suave; vibra en ella una nota de reproche —. Cuando comprendí que iba a morir, sentí miedo. No, yo no era ningún suicida: estaba tan apegado a la vida como puedes estarlo tú. Pero te confieso que sentí la satisfacción del actor que ha representado una obra a la perfección; morir combatiendo por la libertad era la realización de mi papel en vida. Aquella muerte debería haber sido la consagración de mi carrera.

— ¿Y lo fue?

— Dímelo tú…

— Apareces en la Wikipedia: eres inmortal.

Ante mi respuesta, Grieg encoge los anchos hombros.

— Escucha: yo solía ser esa clase de ciego que se aferra a una buena causa por la que morir por no haber encontrado una razón mejor para vivir. En mis aventuras hoy sólo encuentro el eco de mi desesperación.

Quizás eso sí puedo entenderlo, pienso que el eco resuena más hondo y más distorsionado cuanto mayor es el vacío. El poeta de Bergen da una última calada al habano y lo mira con extrañeza. Entonces lo arroja al suelo y lo aplasta con su bota.

— He aquí un aviso del que debieras tomar nota, porque me preocupa tu admiración por los escritores que mueren en combate. Temo que su final lo encuentres… romántico.

— ¿Qué sabrás tú? — en mi pregunta no hay desafío, sino asombro —. De cualquier forma, — proseguí — todo el mundo encuentra esas muertes románticas; son el crisol de la leyenda.

— Lo mismo que yo sé, lo sabes tú. Sólo soy la sombra de un Nordahl Grieg que tu mente ha proyectado. Pero ahora me despido: adiós, y larga vida.

Entonces comienza a caminar en dirección norte, perdiéndose en la maleza.

— Larga vida, camarada… —  respondo en voz baja, aunque ya es demasiado tarde. La noche me ha atrapado junto a la estela de piedra. A poca distancia, en el suelo, aún yace aplastada una colilla.

Perspectiva

La palabra le ha sido dada al hombre para ocultar su pensamiento.

Como pasa con ciertas pinturas, algunas historias han de ser observadas desde una distancia prudencial; sólo en la perspectiva debieran ser comprendidas: su escala cromática expandida; confundidos los trazos de sus burdos significantes; perdonadas todas las erratas; sus omisiones arrojando luz como si fueran áreas sin pintar.

Entonces puede ocurrir que la nueva perspectiva no te proporcione el cuadro que esperabas ver.

Rencor

Lord Byron se sonreía encantado. El relato de mis pesares debió de parecerle demasiado pueril, y así lo demostró con su comentario:

— Eres un verdadero fatuo, querido, te aferras a tu rencor como un niño a su vieja pelota.

Noté que mis orejas enrojecían en la oscuridad. Guardé silencio y arranqué una brizna de hierba que me llevé a la boca, como si con ello pudiera ignorar mi orgullo herido.

— Para ti es fácil ser mordaz — dije —, llevas casi doscientos años muerto.

Lord Byron soltó una breve carcajada, que sin embargo sonó hueca y triste en la soledad de aquel cementerio, como un redoble de tambor.

— Debiste haberme conocido en vida, ¡era mil veces peor! Pero déjame insistir, compañero, en que tus quejas carecen de fundamento, y que la miseria de la que quizás te crees víctima es exclusivamente tuya.

Lo último que habría esperado de un poeta como Byron era un reproche tan cruel, si bien tenía fama de haber sido un excelente cabronazo hacia cualquier cosa que rezumara hipocresía. Reconozcámoslo, en realidad me lo merecía.

— Quizás sea verdad— dije —, y más allá de este rencor sólo me quede la nada.

Lord Byron me contemplaba risueño, pero esta vez no había malicia en su expresión:

— Hay que ser muy necio para hablarle de la Nada a un muerto… — entonces clavó sus hermosos ojos en la negra tumba de la que unas horas antes había emergido. — La nada… —  suspiró — Ése es el verdadero abismo.

 

Enemigo

Un filósofo ruso señala que la muerte de una persona es el fin del Universo, en tanto que el individuo lo experimenta de forma única y solipsista. Así, la realidad que compartimos no es sino una superposición de millares de Universos concurrentes. Y cuando te mueres, la imagen de todas las personas que conociste desaparece contigo: nadie queda atrás, ningún edificio queda en pie, ningún propósito queda postergado en la lista de cosas por hacer. Mientras las últimas neuronas del cerebro se van apagando, los océanos se desbordan y sus aguas negras inundan todas las calles que pisaste, se van borrando todas las huellas.

He aquí lo terrible: cuando yo muera, tú dejarás de ser. Mi tú. En mi Universo, las estrellas no caen sólo porque tú existes; porque una vez tus galaxias bailaron con las mías. Recuerdos: energía invisible y oscura. Que el telón se desgarre es una cuestión de tiempo. Por eso:

El tiempo es nuestro enemigo.

Chantre (I)

Contuve la respiración mientras el mastín blanco ladraba y daba vueltas alrededor de mi coche. Arrastraba sus ladridos con esa cadencia bobalicona que tienen los perros grandes: buau buau buau; desde la seguridad de mi todoterreno alquilado, resonaban amortiguados y empero amenazantes. Atardecía lentamente, aunque ya habían pasado varias horas desde que empecé a recorrer aquellos senderos de montaña. Al fin había encontrado el lugar. “No he venido a la tierra de mis antepasados para quedarme encerrado en un coche de alquiler”, pensé. ¿Y si sus espíritus siguen por aquí? ¿Y si alguno de ellos se ha encarnado en este Cerbero que pone a prueba mi valor? El perro seguía ladrando sus avisos en insistentes círculos, cual tiburón de tierra.

Para que el lector comprenda mis temores, debo desvelar ahora una anécdota que acaeció no ha mucho en las afueras de la ciudad de Núremberg. Una tarde de mayo, un perro emergió de las sombras enemigo, y sin aviso ni derecho, me mordió la pierna con toda la vileza de la que fue capaz. Mi grito de dolor debió de espantarlo, o tal vez fuera un atisbo de conciencia. (“Remordimientos”, juas). Y a través de los jirones de mis gruesos vaqueros pude ver que manaba sangre; cota de malla élfica marca Levis: ésta impidió que el maligno can se llevara un buen pedazo de carne de escritor en ciernes. Este episodio me dejó grabadas las siguientes improntas: 1) una curiosa cicatriz en forma de “L” invertida; 2) un nuevo temor post-traumático para con el que dicen ser el mejor amigo del hombre, y 3) un incrédulo desencanto del que no consigo recuperarme, pues siempre me consideré amigo y defensor de todos los animales de la Tierra. Inyustisia donde las hubiere. Dosis de realidad amoral, animal. Y también dosis, algunas horas después, de vacunas contra la rabia y el tétanos… ¿A quién le asombra pues que tuviera miedo de salir del coche? ¿Quién puede acusar de cobarde al que pronto huye de lo que ya le es conocido por haberle causado profundo daño? ¿Y por qué tiende a tacharse de cobardía lo que bien debiera ser tenido por escarmiento y sentido común? Pero esto ya es una reclamación mal hilvanada, que prefiero dejar para otra ocasión.

Volvamos al Land Cruiser 4×4, islote rodeado de monstruos, dentro del cuál había un hombre, dentro del cuál había un corazón, dentro del cuál había una idea, que se debatía entre el coraje y regresar al pueblo sin una historia en su haber.

Así que decidí quedarme. Reuní a duras penas el valor necesario y, rozando la temeridad en lo que respecta al terror que sentía, bajé del coche y me agaché hasta quedar mi cabeza a la altura de la del mastín, que aullaba como loco. Cerré los ojos, muerto de miedo. Notaba en mi cara su aliento cálido y sus ladridos me ensordecían el ánimo. Un vértigo profundo se abría paso en mi estómago. ¿Olerá mi miedo? ¿Me arrancará la cara de un bocado? Al menos mis ancestros, si me están viendo, estarán orgullosos de mi bravura. O se llevarán la mano a la frente, lamentando que los genes de la estupidez más insondable hayan triunfado en esta línea sucesoria. Pero entonces el perro calló: me olfateaba la boca, el pelo. Me atreví a abrir un ojo y estiré la mano. El perro la olisqueó y luego la lamió. ¡Buau!, aprobó sucinto, con voz de juez gordo y borracho. Y yo era una versión más mundana del Principito, porque aunque temblando y en cuclillas, había logrado domesticar a mi zorro. Suspiré más de alivio que de satisfacción y al ponerme de pie noté el cuerpo engarrotado. Entonces una voz a mis espaldas llamó al perro (“¡Tolo!”) que acudió como un cometa blanco a los pies de su verdadero amo: el guardabosques.  […]

Hija

Miguel me apretó la mano hasta que sus nudillos se blanquearon y mis huesos crujieron. Inmóvil, dejé que su dolor me traspasara y me asomé a sus ojos pálidos. Estaban vacíos de vida, acuosos. Los ojos de un ciego. Pero Miguel no era ciego: sólo se encontraba en otra parte. Busqué palabras de consuelo, algo que pudiera decir: Todo saldrá bien. Hay que seguir caminando. Que su muerte nos enseñe a ser mejores. Citar alguna frase de Marco Aurelio…

Basura.

Aquellas palabras habrían sonado vanales e ingenuas. Se habrían hecho añicos contra el sufrimiento de aquel hombre. Porque, ¿qué se le puede decir a un padre que ha perdido a una hija?

Hice lo único sensato que podía hacer en ese momento: seguir sosteniendo su apretón y su mirada. Buceé en las profundidades de su pupila, me bañé en sus lágrimas silenciosas y mis ojos comenzaron a escocerme. Se inundaban de ácido. Luché a duras penas contra los espasmos de mi pecho. Pero no lloré. Mantener aquella mirada había sido una de las cosas más difíciles que jamás había hecho. Y al cabo de una eternidad, la vida regresó a sus ojos y empezó a hablar con un hilo de voz que, sin embargo, taladró mis tímpanos:

Ojalá nunca conozcas este dolor dijo aflojando la presión de su mano.

Nunca se sabe por dónde vendrán los reveses de la vida. alcancé a responder. Y aunque tarde o temprano llegan, es imposible estar preparado…

Miguel asintió desde su sillón con aire ausente y se secó un ojo con el dorso de la mano.

Mi madre murió joven   dijo. Yo sólo tenía catorce años y aquello me marcó de por vida. Pero este sufrimiento se me hace todavía más insoportable.

Con el tiempo… empecé a decir.

No, el tiempo no cura nada me interrumpió, Había un deje de ira en su voz . A veces la vida te clava un puñal en la espalda. Y se acabó. Se queda ahí clavado para siempre. Da igual cuánto tiempo pase, sólo queda aprender a vivir con ello. El tiempo puede erosionar el dolor, suavizarlo hizo un ademán con la mano, como si dibujara una pendiente cuesta abajo . Pero esa herida nunca se cierra. Jamás. ¡Jamás!

Entonces mi amigo apretó las mandíbulas y se quedó callado. Su mirada se perdió en la pared del salón que separaba el dormitorio de su hija. Allá adentro, en el interior de una vasija, se encontraban sus cenizas. Y a poca distancia de la urna, en la cama, todavía descansaba la ropa de estar en casa que ella había llevado hacía sólo cinco días. ¿Puede el fuego acallar la risa de una flor? No me parecía buena idea que guardaran allí la urna cineraria, ¿pero quién era yo para cuestionar una decisión como ésa?

Pensé en los puñales que la vida me había ido clavando, y de repente se me antojaron poco menos que palillos de dientes. A lo largo de mi vida, he sentido el frío aliento de la muerte varias veces, el roce de su manto negro. Pero nunca, todavía no, he sentido el acero de semejante puñal. ¿Sería capaz de soportar algo así? ¿De dónde sacaría las fuerzas para seguir viviendo?

Me di cuenta de que Miguel deseaba estar solo, así que me puse en pie para irme. Nos dimos un abrazo y me marché sin añadir nada más. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, me senté en el escalón y dejé que brotara todo lo que mi corazón había estado aguantando.

Kol khara!

Nunca me he considerado una mala persona, pero tampoco creo ser todo lo bueno que pudiera, debiere y quisiera. En realidad, la mayoría de los humanos somos así: ni tan malvados como para ser etiquetados como tales, ni tan bondadosos como a veces nos empeñamos en demostrar a los demás. Lo que me deja atónito es esa capacidad tan extendida para ignorar las propias incongruencias, para seguir bailando a pesar de arritmias y disonancias. ¿Cómo es posible que alguien esté convencido hasta los tuétanos de su propia bondad a la vez que aprieta el gatillo contra sus iguales? Tal vez el problema estribe en que yo soy demasiado consciente de mis fisuras.

Algunos disparos pasaron silbando a ambos lados de mi escondrijo y escuché cómo algunos se estrellaban contra la pared que me protegía. Me habían descubierto. No, no era el mejor momento para consideraciones filosóficas. El bueno de Anton gritó de dolor a poca distancia de donde yo me encontraba. Con sus 120 kilos de peso, había sido abatido como si fuera un rinoceronte blanco. Eso significaba que ahora yo era el único superviviente de mi equipo, la última esperanza para mis compañeros caídos. “Una última esperanza con problemas de conciencia”, pensé mientras cesaba la ráfaga. Me asomé y pude reconocer a Yusuf, que impartía órdenes a sus secuaces. Sólo tres enemigos en total. Se les veía relajados, incluso podría decirse que confiados. Eso me daba alguna ventaja. Agotando las últimas energías de mis piernas, traté de desplazarme hacia el siguiente obstáculo, unos diez metros a la izquierda, pero a medio camino resbalé en un charco de color azul. Nadie pareció reparar en ello, pues ninguna bola de pintura silbó a mis espaldas. Recorrí el último trecho arrastrándome sobre mis codos e ignorando el dolor de la cadera.

Lo sórdido del paintball no es que sea una emulación demasiado realista de la guerra, sino la hipocresía que lo circunda: el arma no es un arma, sino una “marcadora”; de la misma forma, la palabra disparar está prohibida, en lugar de ello se habrá de decir “marcar”. El enemigo es un “oponente”. Morir es “ser eliminado”. La pintura jamás tendrá el color de la sangre… Y no obstante, los disparos duelen y pueden dejar moratones considerables. Es más, en el “ser eliminado” ya hay implícito un “dejar de ser”. Es una muerte. Muerte temporal, metafísica, pero muerte al fin y al cabo. Así que dejémonos de eufemismos: el paintball es un juego de guerra. Y es un juego que además deja entrever la verdadera naturaleza que cada uno lleva dentro: el cobarde, el temerario, el estratega, el sádico…

Abrí con cuidado mi depósito de munición. Aún quedaban bolas de pintura suficientes para ganar la ronda. Me asomé y observé con cierto regocijo que dos de los oponentes trataban de rodear mi antigua posición. Al parecer pretendían sorprenderme. “Qué hijos de puta…”, pensé. Saltaron detrás del muro los dos a la vez y dispararon una ráfaga bastante larga. “Si hubiera seguido agazapado allí, siendo marcado a esa distancia tan corta…”. Se quedaron estupefactos al comprobar que no había nadie y se miraron el uno al otro. Yo sonreí desde detrás de mi máscara empañada, apuntando con calma a mis enemigos en el costado. Hay una variedad de combatientes que son para mí los más despreciables: los que además de sádicos son cobardes. Sólo dos disparos. ¡Fiup! ¡Fiup! Y al instante, dos gritos de sorpresa y dolor. No era necesario más. Y por otro lado, necesitaría el resto de mi munición para combatir a Yusuf. Sólo quedábamos él y yo.

Yusuf. Refugiado de la guerra de Siria. Él había sido el detonante de aquellas cavilaciones éticas que no me dejaban pensar con claridad. ¿Qué significaba para él este juego? ¿Le recordaría las ruinas de Damasco y los muertos que había dejado atrás para venir a Alemania? Cuando escuché que le ofrecían unirse a la partida de paintball me indigné con mis amigos. Me pareció una falta de tacto y, de hecho, estaba convencido de que Yusuf rechazaría la invitación. Lo consideraba una persona dócil y sensible. ¡Qué ingenuo fui! No sólo accedió, sino que parecía disfrutar de verdad con todo aquello. El juego transformó su personalidad, como si un demonio le hubiera poseído. Durante los preparativos de la partida se hacía selfies junto a su rifle, que compartía de inmediato en sus redes sociales entre risitas ahogadas. Más tarde, en el campo de batalla, lo veía correr y gritar eufórico. Marcaba a sus enemigos por detrás y a quemarropa. Cuando eliminaba a alguien, exclamaba en árabe y disparaba al techo. Era un cabronazo y además se le daba bien. ¿Falta de tacto? Los sirios jóvenes habían crecido con el olor de la sangre y la pólvora. Aquello era, para Yusuf más que nadie, precisamente eso: un juego. Un juego que a mí me daba ganas de vomitar. Estaba asqueado por la crueldad de la que el amable sirio había sido capaz. Me asqueaba que nos tomáramos esa partida tan en serio. Me asqueaba mi propia candidez…

“¡Sé que estás ahí!”, gritó Yusuf disparando unas cuantas bolas contra mi obstáculo, “¿Te rindes o tengo que ir a buscarte?”. Al hablar había delatado su posición y no me lo pensé dos veces: me asomé por un lado y disparé unas cuantas bolas al azar. Él respondió con otra ráfaga. Entonces rodé por el lado contrario hacia el siguiente parapeto. De una primera ojeada no pude ver nada: un enorme campo de obstáculos sin vida, apenas iluminado con halógenos y salpicado de pintura por todas partes. Un campo de batalla alienígena. Unas bolas de pintura estallaron cerca. Me asomé un instante, y tras un barril de latón pude ver que emergía el cañón de su marcadora. Una bola pasó silbando junto a mi máscara y otra me rozó el hombro sin llegar a explotar. Tuve que esconderme. Había faltado un pelo.

“Deja de esconderte como un zorro”, me gritó. “O tendré que cazarte”. Empecé a sentir ganas de golpearle la cara con la culata. Me estaba desesperando. A esas alturas, aquel juego empezaba a sacar lo peor de mí… “A tomar por culo”, dije entre dientes. Salí de mi escondrijo y empecé a caminar hacia la posición de Yusuf. Él no desperdició la oportunidad: literalmente, me acribilló todas las partes del cuerpo. La pintura penetró mi máscara y me salpicó los labios con su sabor amargo. Las bolas golpearon mi abdomen, mis brazos, mi cuello desnudo. Los disparos me mordían y eso no hacía más que incrementar la rabia que ardía en mi estómago, la misma rabia que me permitía ignorar el dolor y seguir caminando. Antes de alcanzar su posición, Yusuf ya se había quedado sin munición y empezó a gritarme levantando los brazos. “¿Qué coño haces? ¡Estás muerto, estás muerto!”. Me quedé a un paso de él y le apunté en la cabeza con mi marcadora, a tiempo de ver cómo un referí musculado y calvo salía corriendo hacia nuestra posición tocando un silbato. “Has perdido tío, estás muerto!”, seguía diciendo. A través de su máscara, vi unos ojos azabache que reflejaban miedo e incredulidad. Le dije en árabe la única cosa que él mismo me había enseñado:

“Kol khara!”

Yusuf se retorcía en el suelo hecho un ovillo, gimiendo y tratando de protegerse de las bolazos que laceraban su piel. Cuando terminé de vaciar el cargador, me embargó un sentimiento de vacío. Pero no duró mucho: el referí me embistió como un toro furioso y me arrancó el rifle. No me acuerdo muy bien de qué pasó después. Sólo recuerdo ser expulsado del campo a empujones, la indignación de mis amigos, mis torpes disculpas y reconciliación con Yusuf unas horas más tarde, delante de un par de tazas de té. Nos mostrábamos los hematomas que nos habíamos provocado el uno al otro. Y reíamos. Volvíamos a ser los de siempre.

Pero lo que mejor recuerdo de ese día es mi decisión de no volver a jugar paintball nunca más: no es un deporte para buenas personas.