Rencor

Lord Byron se sonreía encantado. El relato de mis pesares debió de parecerle demasiado pueril, y así lo demostró con su comentario:

— Eres un verdadero fatuo, querido, te aferras a tu rencor como un niño a su vieja pelota.

Noté que mis orejas enrojecían en la oscuridad. Guardé silencio y arranqué una brizna de hierba que me llevé a la boca, como si con ello pudiera ignorar mi orgullo herido.

— Para ti es fácil ser mordaz — dije —, llevas casi doscientos años muerto.

Lord Byron soltó una breve carcajada, que sin embargo sonó hueca y triste en la soledad de aquel cementerio, como un redoble de tambor.

— Debiste haberme conocido en vida, ¡era mil veces peor! Pero déjame insistir, compañero, en que tus quejas carecen de fundamento, y que la miseria de la que quizás te crees víctima es exclusivamente tuya.

Lo último que habría esperado de un poeta como Byron era un reproche tan cruel, si bien tenía fama de haber sido un excelente cabronazo hacia cualquier cosa que rezumara hipocresía. Reconozcámoslo, en realidad me lo merecía.

— Quizás sea verdad— dije —, y más allá de este rencor sólo me quede la nada.

Lord Byron me contemplaba risueño, pero esta vez no había malicia en su expresión:

— Hay que ser muy necio para hablarle de la Nada a un muerto… — entonces clavó sus hermosos ojos en la negra tumba de la que unas horas antes había emergido. — La nada… —  suspiró — Ése es el verdadero abismo.

 

Enemigo

Un filósofo ruso señala que la muerte de una persona es el fin del Universo, en tanto que el individuo lo experimenta de forma única y solipsista. Así, la realidad que compartimos no es sino una superposición de millares de Universos concurrentes. Y cuando te mueres, la imagen de todas las personas que conociste desaparece contigo: nadie queda atrás, ningún edificio queda en pie, ningún propósito queda postergado en la lista de cosas por hacer. Mientras las últimas neuronas del cerebro se van apagando, los océanos se desbordan y sus aguas negras inundan todas las calles que pisaste, se van borrando todas las huellas.

He aquí lo terrible: cuando yo muera, tú dejarás de ser. Mi tú. En mi Universo, las estrellas no caen sólo porque tú existes; porque una vez tus galaxias bailaron con las mías. Recuerdos: energía invisible y oscura. Que el telón se desgarre es una cuestión de tiempo. Por eso:

El tiempo es nuestro enemigo.

Chantre (I)

Contuve la respiración mientras el mastín blanco ladraba y daba vueltas alrededor de mi coche. Arrastraba sus ladridos con esa cadencia bobalicona que tienen los perros grandes: buau buau buau; desde la seguridad de mi todoterreno alquilado, resonaban amortiguados y empero amenazantes. Atardecía lentamente, aunque ya habían pasado varias horas desde que empecé a recorrer aquellos senderos de montaña. Al fin había encontrado el lugar. “No he venido a la tierra de mis antepasados para quedarme encerrado en un coche de alquiler”, pensé. ¿Y si sus espíritus siguen por aquí? ¿Y si alguno de ellos se ha encarnado en este Cerbero que pone a prueba mi valor? El perro seguía ladrando sus avisos en insistentes círculos, cual tiburón de tierra.

Para que el lector comprenda mis temores, debo desvelar ahora una anécdota que acaeció no ha mucho en las afueras de la ciudad de Núremberg. Una tarde de mayo, un perro emergió de las sombras enemigo, y sin aviso ni derecho, me mordió la pierna con toda la vileza de la que fue capaz. Mi grito de dolor debió de espantarlo, o tal vez fuera un atisbo de conciencia. (“Remordimientos”, juas). Y a través de los jirones de mis gruesos vaqueros pude ver que manaba sangre; cota de malla élfica marca Levis: ésta impidió que el maligno can se llevara un buen pedazo de carne de escritor en ciernes. Este episodio me dejó grabadas las siguientes improntas: 1) una curiosa cicatriz en forma de “L” invertida; 2) un nuevo temor post-traumático para con el que dicen ser el mejor amigo del hombre, y 3) un incrédulo desencanto del que no consigo recuperarme, pues siempre me consideré amigo y defensor de todos los animales de la Tierra. Inyustisia donde las hubiere. Dosis de realidad amoral, animal. Y también dosis, algunas horas después, de vacunas contra la rabia y el tétanos… ¿A quién le asombra pues que tuviera miedo de salir del coche? ¿Quién puede acusar de cobarde al que pronto huye de lo que ya le es conocido por haberle causado profundo daño? ¿Y por qué tiende a tacharse de cobardía lo que bien debiera ser tenido por escarmiento y sentido común? Pero esto ya es una reclamación mal hilvanada, que prefiero dejar para otra ocasión.

Volvamos al Land Cruiser 4×4, islote rodeado de monstruos, dentro del cuál había un hombre, dentro del cuál había un corazón, dentro del cuál había una idea, que se debatía entre el coraje y regresar al pueblo sin una historia en su haber.

Así que decidí quedarme. Reuní a duras penas el valor necesario y, rozando la temeridad en lo que respecta al terror que sentía, bajé del coche y me agaché hasta quedar mi cabeza a la altura de la del mastín, que aullaba como loco. Cerré los ojos, muerto de miedo. Notaba en mi cara su aliento cálido y sus ladridos me ensordecían el ánimo. Un vértigo profundo se abría paso en mi estómago. ¿Olerá mi miedo? ¿Me arrancará la cara de un bocado? Al menos mis ancestros, si me están viendo, estarán orgullosos de mi bravura. O se llevarán la mano a la frente, lamentando que los genes de la estupidez más insondable hayan triunfado en esta línea sucesoria. Pero entonces el perro calló: me olfateaba la boca, el pelo. Me atreví a abrir un ojo y estiré la mano. El perro la olisqueó y luego la lamió. ¡Buau!, aprobó sucinto, con voz de juez gordo y borracho. Y yo era una versión más mundana del Principito, porque aunque temblando y en cuclillas, había logrado domesticar a mi zorro. Suspiré más de alivio que de satisfacción y al ponerme de pie noté el cuerpo engarrotado. Entonces una voz a mis espaldas llamó al perro (“¡Tolo!”) que acudió como un cometa blanco a los pies de su verdadero amo: el guardabosques.  […]

Hija

Miguel me apretó la mano hasta que sus nudillos se blanquearon y mis huesos crujieron. Inmóvil, dejé que su dolor me traspasara y me asomé a sus ojos pálidos. Estaban vacíos de vida, acuosos. Los ojos de un ciego. Pero Miguel no era ciego: sólo se encontraba en otra parte. Busqué palabras de consuelo, algo que pudiera decir: Todo saldrá bien. Hay que seguir caminando. Que su muerte nos enseñe a ser mejores. Citar alguna frase de Marco Aurelio…

Basura.

Aquellas palabras habrían sonado vanales e ingenuas. Se habrían hecho añicos contra el sufrimiento de aquel hombre. Porque, ¿qué se le puede decir a un padre que ha perdido a una hija?

Hice lo único sensato que podía hacer en ese momento: seguir sosteniendo su apretón y su mirada. Buceé en las profundidades de su pupila, me bañé en sus lágrimas silenciosas y mis ojos comenzaron a escocerme. Se inundaban de ácido. Luché a duras penas contra los espasmos de mi pecho. Pero no lloré. Mantener aquella mirada había sido una de las cosas más difíciles que jamás había hecho. Y al cabo de una eternidad, la vida regresó a sus ojos y empezó a hablar con un hilo de voz que, sin embargo, taladró mis tímpanos:

Ojalá nunca conozcas este dolor dijo aflojando la presión de su mano.

Nunca se sabe por dónde vendrán los reveses de la vida. alcancé a responder. Y aunque tarde o temprano llegan, es imposible estar preparado…

Miguel asintió desde su sillón con aire ausente y se secó un ojo con el dorso de la mano.

Mi madre murió joven   dijo. Yo sólo tenía catorce años y aquello me marcó de por vida. Pero este sufrimiento se me hace todavía más insoportable.

Con el tiempo… empecé a decir.

No, el tiempo no cura nada me interrumpió, Había un deje de ira en su voz . A veces la vida te clava un puñal en la espalda. Y se acabó. Se queda ahí clavado para siempre. Da igual cuánto tiempo pase, sólo queda aprender a vivir con ello. El tiempo puede erosionar el dolor, suavizarlo hizo un ademán con la mano, como si dibujara una pendiente cuesta abajo . Pero esa herida nunca se cierra. Jamás. ¡Jamás!

Entonces mi amigo apretó las mandíbulas y se quedó callado. Su mirada se perdió en la pared del salón que separaba el dormitorio de su hija. Allá adentro, en el interior de una vasija, se encontraban sus cenizas. Y a poca distancia de la urna, en la cama, todavía descansaba la ropa de estar en casa que ella había llevado hacía sólo cinco días. ¿Puede el fuego acallar la risa de una flor? No me parecía buena idea que guardaran allí la urna cineraria, ¿pero quién era yo para cuestionar una decisión como ésa?

Pensé en los puñales que la vida me había ido clavando, y de repente se me antojaron poco menos que palillos de dientes. A lo largo de mi vida, he sentido el frío aliento de la muerte varias veces, el roce de su manto negro. Pero nunca, todavía no, he sentido el acero de semejante puñal. ¿Sería capaz de soportar algo así? ¿De dónde sacaría las fuerzas para seguir viviendo?

Me di cuenta de que Miguel deseaba estar solo, así que me puse en pie para irme. Nos dimos un abrazo y me marché sin añadir nada más. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, me senté en el escalón y dejé que brotara todo lo que mi corazón había estado aguantando.