Microparadoja sin fin #28

Dime tú mismo:

¿Puedes mirar el fondo de las cosas sin romperlas?

¿Puedes romperte algunas cosas con mirarlas?

Sí que puedes.

Por eso ignoras lo que en el fondo sabes,

sin de verdad saber lo que ignoras:

No lo sabes;

pero sabes que lo ignoras.

Algiz

La señora K. sostuvo mis manos con las palmas hacia arriba, y por primera vez tomé conciencia de su deplorable estado: aunque vigorosas, mostraban una aspereza resquebrajada por el frío, el hierro y la piedra; callos jaspeados y orogénicos que habrían escandalizado al marinero más curtido. Entonces sentí vergüenza y de forma inconsciente traté de apartarlas, pero la bruja me las sostuvo con firmeza:

— Ver el futuro es muy fácil; no tienes más que dar un paseo por el cementerio —dijo observándome con unos ojos grises que parecían escudriñar la niebla—; lo difícil de verdad es saber mirar al presente a los ojos.

— ¿Y tú qué ves entonces?

— Veo lo contrario del amor.

— ¿Odio?

— El odio sigue siendo una forma de amor, quizás envilecido, pero no es en absoluto su contrario. En cualquier caso no veo ningún odio en ti, hijo mío…

— Entonces será “indiferencia” lo que ves. Alguien me dijo que lo contrario del amor es la indiferencia.

La señora K. se convulsionó con una risa que agitó los rulos rosas de su cabeza, y que finalmente se transmutó en una tos seca.

— ¿Quién te ha dicho esa tontería? —carraspeó—. La indiferencia podría ser la ausencia de amor, o incluso puede llegar a ser el punto y final. ¡Pero su contrario, jamás!

— Bueno, ¿entonces qué es?

La bruja fijó la vista en mi Algiz, la runa protectora que pendía sobre mi corazón.

— Lo contrario del amor —dijo en voz baja— …es el miedo.

 

Liebre

Érase una vez un lunes o un martes, creo que el de hace dos semanas, que me encontré a mi vecino Libardo en la puerta de la carnicería; estaba bailando solo y tarareando en falsete una canción francesa: Ma liberté, longtemps je t’ai gardée… comme une perle rare, ma liberté…

Alertado por un comportamiento tan ortogonal a su carácter, me acerqué para hablar con él:

— Buenas tardes, don Libardo, ¿va todo bien? ¿Por qué estás tan contento?

— Buenas… ¿qué digo buenas? ¡Buenísimas tardes! —contestó Libardo haciendo una pomposa reverencia— Soy tan, pero que TAN feliz, que tengo que contárselo a alguien: ¡esta mañana tenía trabajo!

— ¡Vaya! —le contesté—, me alegro por ti, eres un hombre suertudo.

— En realidad no tan suertudo —apuntó don Libardo—. La oficina estaba a dos horas en tren y mi jefe era un auténtico déspota.

— Entonces eras un hombre desafortunado —dije.

— Bueno, tampoco tan desafortunado —replicó él—, tenía 35 días de vacaciones y el salario sobrepasaba los cien mil anuales.

— Pues eras afortunado después de todo… —contesté confuso.

— ¡No, no! Yo no diría afortunado, ¿eh? —dijo Libardo— La empresa ha quebrado esta mañana y ya no tengo trabajo, ni salario ni vacaciones.

— Francamente, yo a eso lo llamo ser desafortunado.

— Oh, no hombre; tampoco desafortunado del todo —dijo riendo y bizqueando un poco—, a mi jefe también lo han despedido, y probablemente hasta le caigan un par de años de cárcel. ¡Pero yo soy liebre!

— ¡Querrás decir libre!

— Sí, eso… como se diga —concedió la liebre, antes de dar media vuelta y alejarse dando saltitos.