Theia

Se cuenta que un solitario pastor de Chipre llamado Aristeides hizo una vez un regalo a una estatua. La había descubierto muchos años atrás, abandonada en un erial donde sólo crecían unos hierbajos morados de los que tanto gustaban sus cabras. Desde ese día, la visitaba a diario y durante un rato, a modo de secreto fetiche, vertía palabras en aquellos oídos pétreos por el mero placer de confesar, en voz alta, sus avatares diarios. También podía recrearse durante horas en una contemplación casi religiosa de aquel rostro tan hermoso. Porque a pesar de la erosión impasible de la intemperie y del avance expeditivo de los líquenes, se adivinaba en su figura una belleza olímpica; y era tan real su expresión de ternura y tan humana en su abandono a las palabras de Aristeides, que a fuerza de conversaciones imaginarias, el pastor terminó por enamorarse de ella. No es de extrañar pues, que aquella tarde hubiera pasado horas recolectando para su estatua un ramillete de flores y bayas de minuciosa policromía, que depositó con cuidado en el pedestal de piedra:

— Todavía no es la época buena, pero éstas son las más bonitas que he encontrado. Mira, no sé qué demencial emoción me impulsa a decir lo que te voy a decir, pero como nadie puede escucharme, lo diré de todos modos —Aristeides hizo una pausa para tomar aire y miró en derredor; sus cabras ramoneaban esparcidas por el erial con una indolencia tan ausente, que de alguna manera terminaron de convencerlo. Y al fin susurró: — Te amo….

Al pastor le pareció que la expresión serena de aquellos labios de mármol se estiraba en una imperceptible sonrisa, pero desechó el pensamiento como un efecto del excesivo calor. “Como si eso fuera posible…”, razonó creyendo que así desacreditaría un deseo del que tanto se avergonzaba. Pero la estatua no sólo sonrió, sino que entreabrió la boca, como si tratara de respirar. Sin pensar en lo que hacía, el pastor acercó una mano para tocar la escultura; y además de notarla caliente, sintió con espanto que el viejo mármol se emblandecía y que, despojándose de su natural dureza, cedía a los dedos suavemente. El hombre ahogó entonces un grito de sorpresa, pero no pudo resistirse a tocar una vez más aquella piel que poco a poco se iba sonrosando, y que latía con el pulso de un corazón que se deshelaba bajo la piedra. La mano de la estatua se movió entonces hasta rozar la mejilla de Aristeides, que se estremeció de felicidad.

— ¿Pero qué milagro es éste…? —dijo temblando.

La escultura, encarnada ahora en una mujer real, lo miraba con unos ojos grises plenos de ternura, y que no podían de ningún modo pertenecer al mundo terrenal.

— Sí, es un milagro —confirmó la mujer. Y entonces se agachó para recoger el ramillete, cuyo aroma aspiró profundamente con sus párpados cerrados—. ¡Oh, no sabes cuánto he rezado para que me fuera concedido este momento!

— ¿Pero cómo…?

— Yo también te amo — interrumpió ella, y entonces descendió de su pedestal de un salto, abrazándose al cuello del pastor. Las cabras alzaron la cornamenta sorprendidas por aquella presencia que hasta entonces no habían advertido, pero el pasmo sólo les duró unos segundos. El pastor se entregó entonces a la dicha del abrazo. Cerró los ojos y se embriagó con su perfume de flores silvestres, con el contacto de unos senos apenas cubiertos por un vestido de seda, y con aquel peso cálido y liviano, que ponía de manifiesto la realidad indiscutible de un cuerpo de mujer que se rendía a la potestad de sus brazos.

— Oh, dime tú nombre —pidió Aristeides, cubriéndole la cara de besos.

— Me llamo Theia —susurró, y entonces le dijo:— Pero ahora escucha, me ha sido concedido el regalo de esta forma sólo por unos instantes. Con la última luz del atardecer volveré a ser de mármol para siempre.

El pastor la miró horrorizado y abrió la boca, pero Theia se la tapó con una mano y prosiguió de esta manera:

— Yo ya no sabría vivir sin ti y no sé que será de mí cuando te mueras. Pero aún podemos estar juntos para siempre. Sube al pedestal conmigo antes de que el sol se oculte y fundámonos en un único beso. Entonces ambos cederemos nuestro cuerpo al sueño compartido de la eterna piedra. Deberás renunciar a tu existencia efímera y aprender a vivir en semejante estado de inmortalidad, pero nuestro amor será igualmente inmortal, indestructible. Nada podrá separarnos.

Entonces Theia, sin esperar una respuesta, cantó con voz irresistible:

Más allá de este tiempo 
sin frontera,

las estaciones bailarán
con nosotros.

Deja el dolor de la carne
para otros,

y será este amor un gozo 
sin tregua.

El pastor, apresado por el dulce hechizo del amor correspondido, no se detuvo a reflexionar ni siquiera un instante, y ambos subieron al pedestal cogidos de la mano. El sol declinaba en el Oeste tras una pequeña colina y esperaron al ocaso sin dejar de besarse ni de acariciarse, pues la inmortalidad había de petrificarlos en el mayor estado de embriaguez amatoria. Pero cuando la última luz del crepúsculo comenzó a desvanecerse, Aristeides notó que sus miembros se helaban y se volvían rígidos. Aquella sensación le infundió tanto pánico, que soltó a Theia y se cayó del pedestal; ésta alargó los brazos en un último intento por agarrarlo, pero era demasiado tarde: la primera sombra de la noche se había cernido ya sobre ella, fijando en su cara una expresión de sobresalto y tristeza que perduraría exactamente tres mil años.

Al cabo de ese tiempo ocurriría algo bastante improbable: cierto anochecer, una antiquísima estatua del museo del Pérgamo de Berlín se volcó como si una fuerza invisible la hubiera impulsado, rodando por una larga escalinata mientras se hacía añicos. La grabación de las cámaras de seguridad demostraba que, en efecto, nadie había empujado la escultura, pero a falta de una explicación razonable para tan irreparable pérdida, la administración del museo decidió despedir al desconcertado guardia que hacía turno aquella noche.

En cuanto a Aristeides, resulta incierto lo que fue de él. Algunas leyendas cuentan que se ahogó en su propio llanto, y otras aseguran que huyó a una isla lejana, atormentado por los remordimientos de conciencia y por una herida de amor insondable. Y aunque en estas últimas versiones se explica que terminó casándose con una reina, yo estoy convencido de que nunca más volvió a ser feliz, pues aunque por un tiempo estuviera vivo en apariencia, aquel atardecer el corazón debió de habérsele convertido en piedra.