Nordahl

Camino, mino y mino el pensamiento mientras camino. Y nada de nada, mientras una nube de mosquitos sobre el espejo del lago nada. ¿Qué verán ahí, infelices, que bien les compensa el riesgo de morirse ahogados? Mosquitos valientes, mosquitos idiotas. Cerebro de… Pero un mosquito no usaría la expresión “cerebro de mosquito”, sino “cerebro de paramecio”. Escalarmente: ¿es un paramecio a un mosquito lo mismo que un mosquito a un hombre? Ojalá lo supiera. Opio del conocimiento inútil. Y ya basta: es mi propio cerebro el que me distrae con banalidades. Mindfulness, bitte: ¿qué siento en este momento? Veamos. Los árboles de este bosque me inquietan en su quietud. Leí que caminar cinco minutos por el bosque equivale a una hora de sueño; pero si el bosque es siniestro, ¿equivale a una hora de pesadilla? ¿Y si me quedo dormido dentro? Una pesadilla dentro de una pesadilla. Pero no habría motivo para tenerlas: 40 minutos diarios equivalen a 8 horas de sueño; el ser humano jamás necesitaría, por ende, volver a dormir. Piedad: esta lógica de atardecer me entorpece el pensamiento como esa otra nube de mosquitos. ¡Murmurad, oh árboles malditos! Silbad para mí una canción en vuestros afilados labios de pino, o lanzadme una piña a los pies en señal de duelo. Machado sí sabía exprimir su melancolía, que hasta de la áspera tierra soriana extraía versos que son todo vino y matices. Pero he aquí un desdichado incapaz de parir una sola idea original. Trotamundo, vagabundo y meditabundo; trotando vagando y meditando, como un sátiro cuyo nombre hubiera sido escrito en un ostrakon por el mismo Dionisio. ¿Pero quedarme encerrado en casa de la señora K. una tarde tan maravillosa? Ni hablar. Habría sido una alternativa de lo más insoportable. De todos modos, en este pueblo no hay mucho que hacer. Negocios. En los últimos tiempos me veo constantemente privado de mi tan necesitada soledad. Medicina para el espíritu, tan volátil, que de un momento a otro tórnase implacable veneno; peligroso privilegio: guarde yo cuidado de desearla con tanto ahínco… Pero hoy mi soledad es dichosa: el bosque desconocido carece de interés para otros caminantes. ¡Traspiés! Hay raíces retorcidas en el suelo como manos malignas, olvidadas, impacientes. Descuido del caballero, desconocido a su vez, que apenas puede gobernar sus encabritados pensamientos. Demasiado tiempo en los establos grises de la rutina…  ¿Pero qué es eso? Un rayo de sol hiende tardío el techo de ramas y arranca un destello solemne a un mojón de piedra: tiene una placa conmemorativa. Acércome. Hay una inscripción en noruego y su respectiva traducción al alemán: “En este lugar perdió la vida el poeta noruego Nordahl Grieg el 2 de diciembre de 1943“.

Se me eriza la piel. Justo en este lugar se estrelló su avión mientras combatía al ejército Nazi durante la II Guerra Mundial. Miro a mi alrededor y veo esparcidos los restos del fuselaje, todavía humeantes, bajo un espeso cielo brandenburgués de 1943. Las nubes de mosquitos se me antojan entonces escuadras de aeroplanos que zumban en una disonancia bélica. El bosque deja de serme desconocido: he aquí un mausoleo de árboles. Preciosa tumba a orillas de un lago. El poeta de Bergen murió aquí, luchando por la libertad en una guerra que a duras penas era la suya. Héroe insensato de elevado corazón. ¿Y qué sería de las letras sin esos Garcilasos que empuñaron ora la pluma, ora la espada...? La emoción me invade; me arrodillo ante la estela de piedra, feliz de mi fortuito hallazgo. Y como si de la verdadera lápida se tratara, como si los restos de Nordhal yacieran allí mismo, ríndole sentido homenaje…

— ¡Levanta de ahí! — la voz a mis espaldas me sobresalta, y quedo frente a frente con la sombra de un hombre. Facciones nórdicas, inconfundibles, oscurecidas por una raída gorra militar ligeramente ladeada. — Nuestro avión en realidad no se estrelló aquí, sino un poco más al norte — dice señalando la espesura.

No debiera quizás asombrarme tanto, habiéndome ya entrevistado con las sombras de quienes un día fueron Göthe, Stendhal y Lord Byron. Pero Grieg era al último escritor al que hoy hubiera esperado encontrar. En mi estupefacción sólo acierto a preguntar una obviedad:

— ¿Eres Nordhal Grieg?

— Sabes que no; al menos no exactamente. Y de todas formas no importa. ¿Tienes cigarrillos?

Iba a negar con la cabeza, cuando recordé que en el bolsillo de mi chaqueta aún guardo un habano, efecto de otro azar cuya causa no es conveniente recordar ahora. Se lo tiendo, y Nordhal lo olfatea, lo agita un momento entre sus dedos en señal de gratitud. Con un mordisco incisivo arranca la punta, que escupe enseguida con la despreocupación natural de cualquier hombre vivo. Entonces la llama de su encendedor ilumina breve su pálido rostro, pero el fuego no llega a reflejarse en sus pupilas.

— ¿Sabes que fumar provoca cáncer? — le pregunto mientras da una larga calada al puro. Me mira sorprendido a través de los níveos bucles que acaba de exhalar.

— Muy agudo — dice al instante, sonriendo sin emoción.  — Bueno, tú dirás.

— ¿Yo diré qué?

— Tú me has llamado, ¿qué querías preguntarme?

Abro la boca para replicar que yo no le he llamado ni deseo preguntarle nada, pero ningún sonido brota de mi garganta. Me doy cuenta de que en realidad eso no es en absoluto cierto; siempre hay preguntas que hacerle a un poeta muerto:

— ¿Por qué ese afán por la guerra?

— No es por la Guerra ni la violencia, se trata de la libertad… ¿Es que no has leído mi trabajo, chico?

— Algunas traducciones de tu poesía.

— Entonces deberías entenderlo — replica parco.

En realidad no lo entiendo, pero no quiero parecer estúpido.

— ¿Qué pensaste mientras tu avión caía en picado?

Nordhal Grieg da otra calada al puro mientras pondera su respuesta, rememorando aquellos últimos minutos de su vida. Entonces se fija en su frente una expresión grave, acentuada por el humo del tabaco.

— Das muchos rodeos, camarada. Pero ya he adivinado adónde deseas llegar con estas preguntas tan poco pertinentes —su voz es pausada y suave; vibra en ella una nota de reproche —. Cuando comprendí que iba a morir, sentí miedo. No, yo no era ningún suicida: estaba tan apegado a la vida como puedes estarlo tú. Pero te confieso que sentí la satisfacción del actor que ha representado una obra a la perfección; morir combatiendo por la libertad era la realización de mi papel en vida. Aquella muerte debería haber sido la consagración de mi carrera.

— ¿Y lo fue?

— Dímelo tú…

— Apareces en la Wikipedia: eres inmortal.

Ante mi respuesta, Grieg encoge los anchos hombros.

— Escucha: yo solía ser esa clase de ciego que se aferra a una buena causa por la que morir por no haber encontrado una razón mejor para vivir. En mis aventuras hoy sólo encuentro el eco de mi desesperación.

Quizás eso sí puedo entenderlo, pienso que el eco resuena más hondo y más distorsionado cuanto mayor es el vacío. El poeta de Bergen da una última calada al habano y lo mira con extrañeza. Entonces lo arroja al suelo y lo aplasta con su bota.

— He aquí un aviso del que debieras tomar nota, porque me preocupa tu admiración por los escritores que mueren en combate. Temo que su final lo encuentres… romántico.

— ¿Qué sabrás tú? — en mi pregunta no hay desafío, sino asombro —. De cualquier forma, — proseguí — todo el mundo encuentra esas muertes románticas; son el crisol de la leyenda.

— Lo mismo que yo sé, lo sabes tú. Sólo soy la sombra de un Nordahl Grieg que tu mente ha proyectado. Pero ahora me despido: adiós, y larga vida.

Entonces comienza a caminar en dirección norte, perdiéndose en la maleza.

— Larga vida, camarada… —  respondo en voz baja, aunque ya es demasiado tarde. La noche me ha atrapado junto a la estela de piedra. A poca distancia, en el suelo, aún yace aplastada una colilla.

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