Deseos

—¿Cómo se deja de sufrir, maestro?

Por 20 euros la sesión, mis charlas con el yogui húngaro de nombre impronunciable salían más caras que una confesión, pero mucho más baratas que una hora de consulta con cualquier psicologucho de tres al cuarto.

—Mientras vivamos atrapados en el samsara —respondió el maestro—, intentar evitar el sufrimiento sería como estar sentado en una chincheta: el dolor no cesará por mucho que cambies de postura.

—¿Y cómo me quito la chincheta?

—¡Pues poniéndote de pie! —El yogui comenzó a reír su chiste con verdadero regocijo. A pesar de rozar los sesenta, su risa sonaba como la de un niño. No pude evitar que la broma me molestara, pardiez, que estábamos hablando de mis cuitas.

—Yo tengo una especie de máxima que más o menos da sentido a eso—dije en un pobre intento por impresionar al sabio. Él me miró, paciente y expectante.

—¿Es que no me vas a decir lo típico de “si ya tienes la respuesta para qué me has hecho venir?”

—Podría decírtelo, claro —concedió el yogui—, pero entonces desperdiciaría una valiosa oportunidad de aprender algo nuevo—. Lo dijo con una humildad pasmosa; en ella no logré detectar ningún atisbo de afectación.

—Bueno, la máxima es la siguiente: “No puedes pensar una cosa ni hacer otra, ni puedes desear una cosa y querer otra“…

—”…pero siempre puedes abrir otra cerveza.” —completó, terminando la frase con una amplia sonrisa. Me quedé sin habla. El maestro ya conocía mi adaptación de las famosas palabras de Krishnamurti.

—Sí, yo también te leía a veces, en aquellos tiempos en los que parecías escribir con corazón ardiente y vehemencia casi furiosa.

—¿Tú leías aquellas publicaciones?

—Sí, sabía que pronto necesitarías mi guía. ¿Has oído eso de “el maestro sólo aparece cuando el alumno está preparado”? En ello hay más verdad de lo que jamás imaginaste. El maestro te esperaba en las sombras.

La referencia a una predestinación sobrenatural me habría impresionado, si no fuera por la tarifa de 20 euros la sesión. Las preguntas se agolparon en mi cabeza: si era una emanación de Buda, ¿para qué necesitaba cobrarme?; y si sólo nos conocíamos de una semana: ¿cómo había dado con publicaciones que hice desaparecer hace varios meses? ¿Cómo podía comprenderlas tan bien si apenas chapurreaba el español?  ¿Y cómo sabía que iba a necesitar su ayuda antes que yo mismo? Sin embargo acabé lanzándole la pregunta más irrelevante; ego de escritor:

—¿Crees que ya no arde mi corazón cuando escribo?

—Ahora escribes mejor, pero quizás sientes menos. O expresas menos de lo que sientes. Mi opinión inexperta es que tus palabras de hoy son el humo de las hogueras de ayer… Pero nos desviamos del tema y se nos acaba el tiempo —el yogui hizo un gesto vago, como si espantara una mosca —. Hablemos de tu “máxima”.

—Te escucho.

—¡Claro que se puede pensar una cosa y hacer otra! Y por supuesto que se puede desear algo y querer todo lo contrario. Al negar estas afirmaciones, te estás hundiendo más en ellas, porque expresan una realidad sobre tu vida muy importante.

—¿Qué realidad? 

—Que te sientes insatisfecho. Y en eso tienen mucho que ver tus deseos. Los deseos son complejos, pero en esencia todos pueden dividirse en dos tipos: deseos para lograr más felicidad, o bien deseos que buscan evitar el sufrimiento…

—¿Acaso no es la ausencia de sufrimiento una especie de felicidad?

—Desde el punto de vista que lo preguntas: no. El problema es que el deseo de felicidad se inclina hacia fuentes de felicidad que en determinado momento acaban provocando más sufrimiento. Y por otra parte, que muchos de nuestros deseos de reducir el sufrimiento propio, acaban provocando todavía más sufrimiento y confusión.

—Me he perdido —dije—. ¿Entonces debo renunciar a mis deseos para dejar de sufrir?

—¡Yerras de nuevo! Pero te felicito, estas preguntas te van acercando a la ausencia de sufrimiento. — Aunque en realidad no lo era, su sonrisa se me antojó burlona ,y yo contesté de mal humor:

—Ilumíname, pues.

El monje volvió a reír, jovial, y luego dejó caer su mano nudosa sobre mi hombro.

—No, no debes renunciar a los deseos, al contrario. Sólo debes aprender a distinguir qué cosas vale la pena desear y cuáles no.

El monje se levantó del suelo con agilidad y recogió su hatillo de cosas.

—Por el momento he dicho demasiado; nos vemos mañana, si quieres. — Y se marchó cerrando la puerta con suavidad. El sonido de su risa alegre aún vibraba dentro de las paredes del salón. Permanecí largo rato sentado en el suelo, con las piernas cruzadas.

Sabía que me estaba quedando con la punta del iceberg, pero había hallado algo importante: a veces el deseo de obtener felicidad se mueve en dirección contraria al deseo de evitar el sufrimiento. Las entrañas se desgarran cuando nos vemos obligados a elegir entre uno y otro. ¡Cuán a menudo he renunciado a mis deseos de felicidad pensando que tales caminos se hallaban sembrados de sufrimiento!  Y lo peor de todo: qué vanamente he buscado la felicidad en esa grisácea neblina que es la ausencia de sufrimiento. Por eso no he dejado de hacer una cosa y pensar otra, de querer una y desear otra. Es confuso, pero yo me entiendo. Al fin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *