Ocelos

La escena sucedió sin pena ni gloria y, cosa extraña en mí, durante varios días no pensé mucho en ella. Pero ahora mismo sí estoy pensando en ella; y cuando digo “ella” me refiero tanto a la propia escena como a la protagonista de la misma, a la que, abusando de mis privilegios de narrador, he decidido bautizar con un pronombre en pro de la indefinición de su nombre: Ella.

Ella sostenía en sus manos el último ejemplar de “Ways of Escape” que quedaba en aquella librería de Berlín; Ella observaba su portada con cierta indiferencia y aquello me insufló esperanza:

— Ojalá no te lo compres — dije acercándome.

Su mirada se despegó del libro y se clavó en mi cara con una expresión que mutó de la sorpresa al reconocimiento, y luego de nuevo a la sorpresa. Entreabrió los labios como para responder y entonces los cerró de golpe. Sus enormes ojos azules reflejaban ahora su turbación; sin embargo, seguía sin decir nada.

— ¿No hablas alemán? — le pregunté en inglés. Pero entonces Ella habló en el idioma de Goethe:

— Disculpa, por un momento pensé que eras otra persona — dijo sacudiendo la cabeza con un gesto imperceptible —. ¿A qué te referías?

— A ese libro que tienes en las manos — lo señalé —: es el último que queda aquí. Pero seguro que también lo encuentro en Amazon…

Ella miró el libro y sonrió. Entonces me lo entregó con una mano firme.

— Yo ya lo he leído. Pero debes saber que no es el mejor que Graham Greene a escribir llegó.

— Creo que en éste habla un poco de Grieg, el poeta noruego — dije leyendo la contraportada.

Ella asintió, y por un momento me vi tentado a narrarle mi encuentro con la sombra de Nordahl Grieg en el bosque de Kleinmachnow. Pero decidí no airear con una desconocida hechos que ni yo mismo terminaba de comprender, así que la conversación viró hacia un breve intercambio de impresiones sobre la literatura del siglo XX, que derivó a su vez en un burdo intercambio de preguntas convencionales: ¿De dónde vienes? ¿Te gusta Berlín? ¿Qué haces con tu vida? Alguna broma, algunas risas. Deberíamos tomar café un día. Sí, conozco un sitio…

No, no aburriré al lector con tan inútiles pormenores. Sólo referiré un detalle crucial: durante toda la conversación, nuestras miradas se habían trabado la una con la otra, como zarzas salvajes, fijas las pupilas, enhiestos los párpados. Y en esos alardes líricos que sólo permite la retrospectiva, habríase dicho: como si el uno quisiera atisbar las secretas honduras del otro. Si bien por mi parte, y para hacer honor a la verdad, no había hondura en Ella que yo deseara atisbar; más bien al contrario: me limitaba a defenderme, a sostener el pulso de esos poderosos ojos azules, enmarcados en sus extremos por unas sutiles, imperceptibles arrugas, que añadían grave profundidad a unas pupilas que ya solas se adentraban en el piélago azul: vórtices marinos que parecían querer atrapar en su lecho abisal mis oscuridades más escondidas.

Entonces Ella dijo algo, a propósito de ocelos, que rompió mi cautiverio:

— Tienes los ojos de un hombre que conocí en Florencia — había interrumpido mi propio devenir poético dejando entrever, en tanto, alguna hebra de lo que en su cabeza acaecía.

— Él tendrá los suyos y yo tengo los míos — repliqué desabrido. Acababa de comprender el origen de su mirada fija, la verdadera razón de aquel sondeo; antes se me había antojado lirizante, mas ahora me resultaba de una insolencia insoportable. Desdeñé entonces la calidez de su risa, el vínculo a través de Greene, la invitación para tomar café. En su escrutinio me pareció que Ella medía similitudes, analizaba mi potencial como segunda parte, como Continuará para alguna historia inconclusa. Pero Ella había dado con ronin viejo, escarmentado ya por tan desafortunados lances y cansado de acarrear fardos tan pesados. En mi cabeza saltaron al unísono todas las alarmas: yo ya sólo deseaba encontrar una forma de escapar.

Ella retrocedió, confundida por mi incomprensible brusquedad, asustada por aquella repentina transmutación y por el portazo que vislumbró en mis ojos de reminiscencias florentinas; probablemente, se debatía en vano entre buscar una disculpa para una ofensa que no alcanzaba a comprender, o dar a su vez un portazo y mandarme a donde pica el pollo. El hechizo se había trocado, en un abrir y cerrar de ojos, en la incomodidad más insostenible; tanto fue así, que ya no recuerdo cómo nos despedimos, si es que lo hicimos. Me llevé el ejemplar de “Ways of Escape” y no volví a pensar en Ella. Hasta hoy.

6 Replies to “Ocelos”

  1. También yo he tenido algún encuentro así. Desde entonces omito referencias a recuerdos. Con todo, el agua nunca es la misma. Y la semejanza sólo la espoleta de lo que podría venir. O no.
    Bicos.
    Lou.

      1. En el de ella, claro. Yo también encuentro parecidos en ojos florentinos, o en flacura quijotesca, o en labios irónicos.
        Si yo les recuerdo a alguien, no me lo han dicho. Pero tampoco me importaría. Lou sólo hay una.
        Un abrazo, inzierto.

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