Europäisch

Graffiti casi escondido en un descampado de Huelva.

—No puedo dejar de conmoverme con este panorama —le dije a Federico, que siguió la dirección de mis ojos hasta un grupo de manifestantes que vociferaban roncamente en una desolada plaza de Frankfurt.

—Hoy es jornada de reflexión en Alemania —observó Federico— creía que no estaban permitidos mitines ni manifestaciones políticas.

Yo negué con la cabeza y luché a duras penas por aflojar el nudo de mi garganta.

—Ésa no es una manifestación política… —dije— Míralos bien: ninguno de ellos tiene menos de 80 años…

Los ancianos sostenían las banderas de la Unión Europea con visible dificultad, y sus pasos vacilantes obedecían a una voluntad más firme de la que aquellos pies podían soportar. El peso de la edad inclinaba unas espaldas que bregaban por enderezarse bajo las orgullosas estrellas doradas, con ayuda de bastón, muleta o tacatá. En el mejor de los casos, un niño de unos once años empujaba la silla de ruedas de su abuela, quien empuñaba no obstante su bandera como la personificación de la Libertad en el célebre cuadro de Delacroix. En sus rostros de árbol se cortezaban expresiones de serena determinación, valerosa resignación del último soldado que, ya acorralado en su colina durante el ocaso, reparte las últimas estocadas gritando las insignias de una causa perdida.

— No, ésta no es una manifestación política —repetí, con un hilo de voz—; es la defensa agonizante de un concepto malogrado, de un ideal moribundo.

—No deberían afectarte tanto estas cosas —dijo Federico mirándome con preocupación—. Los vientos de la Historia son inexorables y nosotros, hombres insignificantes. El proyecto europeo ha resultado ser un fracaso. ¿Qué le vamos a hacer?

—Un fracaso…

Fracaso. Fracaso habría sido iniciar entonces una discusión política con mi amigo, pues como suele resultar de tales coloquios, yo me habría aplicado en convencerlo con obstinados argumentos y agudos silogismos, en tanto que él se habría esforzado en su postura con al menos la misma intensidad. Una pérdida inútil de energía y posiblemente de estimación mutua. ¿Y todo con qué fin? ¿Se trata de argumentar nuestra postura o de obtener la supremacía intelectual sobre el amigo? Tan rápido se desvirtúa el noble interés por sacar al prójimo de su presunto error, que acaba transformándose en un desesperado intento por sobresalir retóricamente con el ego intacto. No; es por eso que ya me guardo mis opiniones para mí mismo: me otorga la libertad de no sentir ningún apego por ellas; puedo moldearlas conforme a las verdades y mentiras que el tiempo va revelando sin ser esclavizado por una ideología. El fracaso de nuestra modernidad es, quizás, el no ser capaces de dar un paso fuera de posturas predeterminadas; la incapacidad de aceptar ni la provisionalidad de nuestras certezas ni la ambigüedad inherente a nuestros razonamientos, en tanto que los matices intermedios los consideramos mera hipocresía o falta de carácter. Hemos aquí, pues, el rigor mortis de Europa.

Sumido así en la intimidad de mi pensamiento, me dije que Europa estaba destinada a ser algo más que un proyecto político o económico: era un concepto garante de nuestra libertad, de nuestra paz y de nuestra cultura, un valioso contenedor de los heterogéneos valores de la Civilización. Y sin embargo, son precisamente sus carencias democráticas las que hoy la hacen languidecer; son quienes, aprovechándose de ello, han convertido Europa en una ruidosa casa de putas. Hoy las naciones se “independizan”, los pueblos se dividen. Prevalece un Nosotros que se amuralla en círculos cada vez más estrechos, frente a un Ellos del que no ha mucho formábamos parte. Ellos son hoy el opresor, ellos son el culpable de nuestra miseria, ellos son el ancla de nuestro progreso. Recordé el optimismo enardecido durante el “verano de Europa”: las identidades nacionales comenzaban ya a disolverse en una pluralidad que definía, fortalecía, el sello de una mayor identidad europea. ¿Valdría citar paralelismos con la caída de los viejos imperios que otros más inteligentes que yo ya habían profetizado hace 30 años? De nada sirve predicar con libros de Historia en la mano; tales lecciones no son tal ante un pueblo con la nariz tan pegada a su realidad presente, que no es capaz de ver más allá de sus problemas actuales. Como siempre, desde su mullida posición, el futuro juzgará como estupidez lo que hoy sólo es un patético caso de miopía histórica.

Hilvanaba estas ideas mientras los encorvados lomos de los abuelos abandonaban la plaza en silenciosa marcha, arrastrando sus pantuflas a cuadros escoceses. Un anacrónico radiocassette comenzó a carraspear entonces el himno de la Unión Europea, An die Freude, oda a la Alegría, de Beethoven.

— Allá va el último bastión de occidente, Federico, camina ya hacia su tumba…

— ¡Cojones! Qué trágico te pones a veces —dijo Federico, empujándome en dirección contraria— Vamos a por un gintonic.

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