Ribera

Amaneces en la ribera de mi almohada con tu pelo deshilachado de bajamar. La impresión de una marejada nocturna te ha conducido, náufraga pero invicta, hasta el calor de mis brazos. Tu boca ávida busca a ciegas ya la mía; y cosecha de ella lo que en mi pecho germinó la noche. ¡Las corrientes del sueño son a veces tan insondables! Pero yo te espero al final de la madrugada. Entretanto se abren tus ojos y, al mismo tiempo un sol trizado de brumas, se me adelanta y se derrama en tus mejillas. ¿De qué sol se trata? ¿Qué ciudad del mundo es ésta? No importa: allá donde tú despiertes, deja que yo lo llame hogar; deja que me pregunte siempre: ¿qué lugar del mundo es éste, que tanto se parece a Ítaca?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *