Liebre

Érase una vez un lunes o un martes, creo que el de hace dos semanas, que me encontré a mi vecino Libardo en la puerta de la carnicería; estaba bailando solo y tarareando en falsete una canción francesa: Ma liberté, longtemps je t’ai gardée… comme une perle rare, ma liberté…

Alertado por un comportamiento tan ortogonal a su carácter, me acerqué para hablar con él:

— Buenas tardes, don Libardo, ¿va todo bien? ¿Por qué estás tan contento?

— Buenas… ¿qué digo buenas? ¡Buenísimas tardes! —contestó Libardo haciendo una pomposa reverencia— Soy tan, pero que TAN feliz, que tengo que contárselo a alguien: ¡esta mañana tenía trabajo!

— ¡Vaya! —le contesté—, me alegro por ti, eres un hombre suertudo.

— En realidad no tan suertudo —apuntó don Libardo—. La oficina estaba a dos horas en tren y mi jefe era un auténtico déspota.

— Entonces eras un hombre desafortunado —dije.

— Bueno, tampoco tan desafortunado —replicó él—, tenía 35 días de vacaciones y el salario sobrepasaba los cien mil anuales.

— Pues eras afortunado después de todo… —contesté confuso.

— ¡No, no! Yo no diría afortunado, ¿eh? —dijo Libardo— La empresa ha quebrado esta mañana y ya no tengo trabajo, ni salario ni vacaciones.

— Francamente, yo a eso lo llamo ser desafortunado.

— Oh, no hombre; tampoco desafortunado del todo —dijo riendo y bizqueando un poco—, a mi jefe también lo han despedido, y probablemente hasta le caigan un par de años de cárcel. ¡Pero yo soy liebre!

— ¡Querrás decir libre!

— Sí, eso… como se diga —concedió la liebre, antes de dar media vuelta y alejarse dando saltitos.

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