Isfahán

Justo en el momento en que abría la puerta de mi coche, el jardinero de la comunidad echó a correr en mi dirección con el rostro desencajado por el miedo.

¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta tarde, por milagro, quisiera estar en Isfahán — dijo con su duro acento persa.

Lo miré estupefacto. Concluí que deliraba a causa de alguna fiebre, pero en sus ojos persistía la súplica y un temor profundo que jamás había visto en ningún ser humano.

—¿Por qué piensas que vas a morir? — le pregunté —. Yo no puedo llevarte a Isfahán, eso está a miles de kilómetros. Y a menos que encuentres un vuelo de inmediato, dudo que llegues antes del anochecer.

Por toda réplica, el jardinero se dejó caer sobre sus rodillas, y murmuró algo ininteligible. Entonces le ayudé a levantarse del suelo y percibí su amargo hedor, una mezcla de sudor y abono.

— Puedo llevarte al hospital de la ciudad si quieres. ¡Anda sube al coche!

El hombre estaba lívido y obedeció sin oponer resistencia. Conduje lo más rápido que pude y, durante los cincuenta minutos de trayecto, se ovilló contra la puerta del copiloto y no volvió a dirigirme la palabra, ni siquiera cuando le pregunté cómo se encontraba. El iraní tenía la mirada perdida; tiritaba con tanta intensidad, que por unos instantes pensé que no llegaría vivo a Urgencias.

Pero llegamos. Detuve el coche en la entrada de ambulancias y le sacudí la rodilla.

— ¡Vamos! Ya estamos aquí.

Entonces el jardinero despertó de su trance. Miró un momento por la ventanilla y luego me clavó unos ojos febriles.

— ¿Hemos llegado a Isfahán? No quiero morir lejos de mi tierra…

— ¿Isfahán? ¡No, hombre! Estamos en el hospital y no te vas a morir. Ahora escúchame bien — le dije mientras le quitaba el cinturón y le ayudaba a salir del vehículo—, ¿ves esa puerta grande? Tienes que entrar por ella y dirigirte al mostrador. Yo debo aparcar el coche porque no lo puedo dejar aquí, pero no tardaré más de cinco minutos. ¿Comprendes?

El hombre me miró con cierta consternación, pero asintió y me agarró el antebrazo con una fuerza sorprendente para su estado. A continuación dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada de Urgencias.

Lo que sucedió a continuación no lo olvidaré jamás, aunque pasó tan rápido que a veces me pregunto si no fueron imaginaciones mías. Pero por mucho que mi lado racional se empeñe en negarlo, que sucedió. Y fue tal y como aquí lo describo:

El jardinero se alejaba renqueando despacio, pero se detuvo a medio camino, como si de repente se hubiera acordado de algo. Entonces se desplomó pesadamente; pareciera que dentro de él se hubiera apagado algún interruptor. Sentí el impulso de ir a socorrerlo, pero mis pies se quedaron petrificados en su sitio, porque del edificio del hospital emergió, justo en ese instante, una figura femenina que reconocí con un vuelco en el corazón. No vestía de negro como a menudo solemos imaginar, sino de blanco. Y blancos eran sus cabellos, además de largos. Y todo eso, en conjunto con su tez extremadamente pálida, le daba un aspecto angelical y a la vez terrible, desagradable y a un tiempo hermoso. Pude reconocerla porque a lo largo de mi vida ya me la había encontrado varias veces: la primera por exceso de juventud, la segunda vez por exceso de tristeza, otra por exceso de velocidad, y una última vez no hace tanto tiempo y a cuento de ningún exceso, en los oscuros pasillos de otro hospital donde era yo quien agonizaba lejos de mi tierra, desamparado a la espera de un médico que nunca llegaba y de una habitación libre donde tal vez morir. Aquella noche su luminosa silueta apareció junto a mi cama y, sin poder hacer nada al respecto, vi cómo extendía hacia mi cara sus largos dedos. Pero estos titubearon un momento suspendidos en aquel vacío negro. Entonces se escucharon los pasos apresurados de mi doctor, y la extraña figura, sin mediar palabra se dio la vuelta y despareció en las sombras. Esa última vez no pude ver su rostro, pero supe que era ella.

Y ahora se encontraba allí mismo, a varios metros de distancia y a plena luz del día: se agachó junto al cuerpo inerte del hombre y lo levantó con la misma facilidad que si se hubiera tratado de un muñeco de trapo. En ese momento, ella me miró y también debió de reconocerme, pues dibujó una sonrisa que debería haberme helado la respiración. No obstante, acerté a leer una línea de esperanza: “Tú todavía no“. Le devolví la sonrisa y alcé una mano a modo de saludo, pero el Ángel de la Muerte no llegó a verlo, pues caminaba ya de vuelta al edificio con el cadáver del jardinero de Isfahán en sus brazos. Comprendí que el gesto que en la mañana le había hecho a éste no era de amenaza, sino de sorpresa, ya que debió de verlo lejos de donde debía tomarlo.

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