Kol khara!

Nunca me he considerado una mala persona, pero tampoco creo ser todo lo bueno que pudiera, debiere y quisiera. En realidad, la mayoría de los humanos somos así: ni tan malvados como para ser etiquetados como tales, ni tan bondadosos como a veces nos empeñamos en demostrar a los demás. Lo que me deja atónito es esa capacidad tan extendida para ignorar las propias incongruencias, para seguir bailando a pesar de arritmias y disonancias. ¿Cómo es posible que alguien esté convencido hasta los tuétanos de su propia bondad a la vez que aprieta el gatillo contra sus iguales? Tal vez el problema estribe en que yo soy demasiado consciente de mis fisuras.

Algunos disparos pasaron silbando a ambos lados de mi escondrijo y escuché cómo algunos se estrellaban contra la pared que me protegía. Me habían descubierto. No, no era el mejor momento para consideraciones filosóficas. El bueno de Anton gritó de dolor a poca distancia de donde yo me encontraba. Con sus 120 kilos de peso, había sido abatido como si fuera un rinoceronte blanco. Eso significaba que ahora yo era el único superviviente de mi equipo, la última esperanza para mis compañeros caídos. “Una última esperanza con problemas de conciencia”, pensé mientras cesaba la ráfaga. Me asomé y pude reconocer a Yusuf, que impartía órdenes a sus secuaces. Sólo tres enemigos en total. Se les veía relajados, incluso podría decirse que confiados. Eso me daba alguna ventaja. Agotando las últimas energías de mis piernas, traté de desplazarme hacia el siguiente obstáculo, unos diez metros a la izquierda, pero a medio camino resbalé en un charco de color azul. Nadie pareció reparar en ello, pues ninguna bola de pintura silbó a mis espaldas. Recorrí el último trecho arrastrándome sobre mis codos e ignorando el dolor de la cadera.

Lo sórdido del paintball no es que sea una emulación demasiado realista de la guerra, sino la hipocresía que lo circunda: el arma no es un arma, sino una “marcadora”; de la misma forma, la palabra disparar está prohibida, en lugar de ello se habrá de decir “marcar”. El enemigo es un “oponente”. Morir es “ser eliminado”. La pintura jamás tendrá el color de la sangre… Y no obstante, los disparos duelen y pueden dejar moratones considerables. Es más, en el “ser eliminado” ya hay implícito un “dejar de ser”. Es una muerte. Muerte temporal, metafísica, pero muerte al fin y al cabo. Así que dejémonos de eufemismos: el paintball es un juego de guerra. Y es un juego que además deja entrever la verdadera naturaleza que cada uno lleva dentro: el cobarde, el temerario, el estratega, el sádico…

Abrí con cuidado mi depósito de munición. Aún quedaban bolas de pintura suficientes para ganar la ronda. Me asomé y observé con cierto regocijo que dos de los oponentes trataban de rodear mi antigua posición. Al parecer pretendían sorprenderme. “Qué hijos de puta…”, pensé. Saltaron detrás del muro los dos a la vez y dispararon una ráfaga bastante larga. “Si hubiera seguido agazapado allí, siendo marcado a esa distancia tan corta…”. Se quedaron estupefactos al comprobar que no había nadie y se miraron el uno al otro. Yo sonreí desde detrás de mi máscara empañada, apuntando con calma a mis enemigos en el costado. Hay una variedad de combatientes que son para mí los más despreciables: los que además de sádicos son cobardes. Sólo dos disparos. ¡Fiup! ¡Fiup! Y al instante, dos gritos de sorpresa y dolor. No era necesario más. Y por otro lado, necesitaría el resto de mi munición para combatir a Yusuf. Sólo quedábamos él y yo.

Yusuf. Refugiado de la guerra de Siria. Él había sido el detonante de aquellas cavilaciones éticas que no me dejaban pensar con claridad. ¿Qué significaba para él este juego? ¿Le recordaría las ruinas de Damasco y los muertos que había dejado atrás para venir a Alemania? Cuando escuché que le ofrecían unirse a la partida de paintball me indigné con mis amigos. Me pareció una falta de tacto y, de hecho, estaba convencido de que Yusuf rechazaría la invitación. Lo consideraba una persona dócil y sensible. ¡Qué ingenuo fui! No sólo accedió, sino que parecía disfrutar de verdad con todo aquello. El juego transformó su personalidad, como si un demonio le hubiera poseído. Durante los preparativos de la partida se hacía selfies junto a su rifle, que compartía de inmediato en sus redes sociales entre risitas ahogadas. Más tarde, en el campo de batalla, lo veía correr y gritar eufórico. Marcaba a sus enemigos por detrás y a quemarropa. Cuando eliminaba a alguien, exclamaba en árabe y disparaba al techo. Era un cabronazo y además se le daba bien. ¿Falta de tacto? Los sirios jóvenes habían crecido con el olor de la sangre y la pólvora. Aquello era, para Yusuf más que nadie, precisamente eso: un juego. Un juego que a mí me daba ganas de vomitar. Estaba asqueado por la crueldad de la que el amable sirio había sido capaz. Me asqueaba que nos tomáramos esa partida tan en serio. Me asqueaba mi propia candidez…

“¡Sé que estás ahí!”, gritó Yusuf disparando unas cuantas bolas contra mi obstáculo, “¿Te rindes o tengo que ir a buscarte?”. Al hablar había delatado su posición y no me lo pensé dos veces: me asomé por un lado y disparé unas cuantas bolas al azar. Él respondió con otra ráfaga. Entonces rodé por el lado contrario hacia el siguiente parapeto. De una primera ojeada no pude ver nada: un enorme campo de obstáculos sin vida, apenas iluminado con halógenos y salpicado de pintura por todas partes. Un campo de batalla alienígena. Unas bolas de pintura estallaron cerca. Me asomé un instante, y tras un barril de latón pude ver que emergía el cañón de su marcadora. Una bola pasó silbando junto a mi máscara y otra me rozó el hombro sin llegar a explotar. Tuve que esconderme. Había faltado un pelo.

“Deja de esconderte como un zorro”, me gritó. “O tendré que cazarte”. Empecé a sentir ganas de golpearle la cara con la culata. Me estaba desesperando. A esas alturas, aquel juego empezaba a sacar lo peor de mí… “A tomar por culo”, dije entre dientes. Salí de mi escondrijo y empecé a caminar hacia la posición de Yusuf. Él no desperdició la oportunidad: literalmente, me acribilló todas las partes del cuerpo. La pintura penetró mi máscara y me salpicó los labios con su sabor amargo. Las bolas golpearon mi abdomen, mis brazos, mi cuello desnudo. Los disparos me mordían y eso no hacía más que incrementar la rabia que ardía en mi estómago, la misma rabia que me permitía ignorar el dolor y seguir caminando. Antes de alcanzar su posición, Yusuf ya se había quedado sin munición y empezó a gritarme levantando los brazos. “¿Qué coño haces? ¡Estás muerto, estás muerto!”. Me quedé a un paso de él y le apunté en la cabeza con mi marcadora, a tiempo de ver cómo un referí musculado y calvo salía corriendo hacia nuestra posición tocando un silbato. “Has perdido tío, estás muerto!”, seguía diciendo. A través de su máscara, vi unos ojos azabache que reflejaban miedo e incredulidad. Le dije en árabe la única cosa que él mismo me había enseñado:

“Kol khara!”

Yusuf se retorcía en el suelo hecho un ovillo, gimiendo y tratando de protegerse de las bolazos que laceraban su piel. Cuando terminé de vaciar el cargador, me embargó un sentimiento de vacío. Pero no duró mucho: el referí me embistió como un toro furioso y me arrancó el rifle. No me acuerdo muy bien de qué pasó después. Sólo recuerdo ser expulsado del campo a empujones, la indignación de mis amigos, mis torpes disculpas y reconciliación con Yusuf unas horas más tarde, delante de un par de tazas de té. Nos mostrábamos los hematomas que nos habíamos provocado el uno al otro. Y reíamos. Volvíamos a ser los de siempre.

Pero lo que mejor recuerdo de ese día es mi decisión de no volver a jugar paintball nunca más: no es un deporte para buenas personas.

 

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