Hija

Miguel me apretó la mano hasta que sus nudillos se blanquearon y mis huesos crujieron. Inmóvil, dejé que su dolor me traspasara y me asomé a sus ojos pálidos. Estaban vacíos de vida, acuosos. Los ojos de un ciego. Pero Miguel no era ciego: sólo se encontraba en otra parte. Busqué palabras de consuelo, algo que pudiera decir: Todo saldrá bien. Hay que seguir caminando. Que su muerte nos enseñe a ser mejores. Citar alguna frase de Marco Aurelio…

Basura.

Aquellas palabras habrían sonado vanales e ingenuas. Se habrían hecho añicos contra el sufrimiento de aquel hombre. Porque, ¿qué se le puede decir a un padre que ha perdido a una hija?

Hice lo único sensato que podía hacer en ese momento: seguir sosteniendo su apretón y su mirada. Buceé en las profundidades de su pupila, me bañé en sus lágrimas silenciosas y mis ojos comenzaron a escocerme. Se inundaban de ácido. Luché a duras penas contra los espasmos de mi pecho. Pero no lloré. Mantener aquella mirada había sido una de las cosas más difíciles que jamás había hecho. Y al cabo de una eternidad, la vida regresó a sus ojos y empezó a hablar con un hilo de voz que, sin embargo, taladró mis tímpanos:

Ojalá nunca conozcas este dolor dijo aflojando la presión de su mano.

Nunca se sabe por dónde vendrán los reveses de la vida. alcancé a responder. Y aunque tarde o temprano llegan, es imposible estar preparado…

Miguel asintió desde su sillón con aire ausente y se secó un ojo con el dorso de la mano.

Mi madre murió joven   dijo. Yo sólo tenía catorce años y aquello me marcó de por vida. Pero este sufrimiento se me hace todavía más insoportable.

Con el tiempo… empecé a decir.

No, el tiempo no cura nada me interrumpió, Había un deje de ira en su voz . A veces la vida te clava un puñal en la espalda. Y se acabó. Se queda ahí clavado para siempre. Da igual cuánto tiempo pase, sólo queda aprender a vivir con ello. El tiempo puede erosionar el dolor, suavizarlo hizo un ademán con la mano, como si dibujara una pendiente cuesta abajo . Pero esa herida nunca se cierra. Jamás. ¡Jamás!

Entonces mi amigo apretó las mandíbulas y se quedó callado. Su mirada se perdió en la pared del salón que separaba el dormitorio de su hija. Allá adentro, en el interior de una vasija, se encontraban sus cenizas. Y a poca distancia de la urna, en la cama, todavía descansaba la ropa de estar en casa que ella había llevado hacía sólo cinco días. ¿Puede el fuego acallar la risa de una flor? No me parecía buena idea que guardaran allí la urna cineraria, ¿pero quién era yo para cuestionar una decisión como ésa?

Pensé en los puñales que la vida me había ido clavando, y de repente se me antojaron poco menos que palillos de dientes. A lo largo de mi vida, he sentido el frío aliento de la muerte varias veces, el roce de su manto negro. Pero nunca, todavía no, he sentido el acero de semejante puñal. ¿Sería capaz de soportar algo así? ¿De dónde sacaría las fuerzas para seguir viviendo?

Me di cuenta de que Miguel deseaba estar solo, así que me puse en pie para irme. Nos dimos un abrazo y me marché sin añadir nada más. Cuando la puerta se cerró detrás de mí, me senté en el escalón y dejé que brotara todo lo que mi corazón había estado aguantando.

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