Chantre (I)

Contuve la respiración mientras el mastín blanco ladraba y daba vueltas alrededor de mi coche. Arrastraba sus ladridos con esa cadencia bobalicona que tienen los perros grandes: buau buau buau; desde la seguridad de mi todoterreno alquilado, resonaban amortiguados y empero amenazantes. Atardecía lentamente, aunque ya habían pasado varias horas desde que empecé a recorrer aquellos senderos de montaña. Al fin había encontrado el lugar. “No he venido a la tierra de mis antepasados para quedarme encerrado en un coche de alquiler”, pensé. ¿Y si sus espíritus siguen por aquí? ¿Y si alguno de ellos se ha encarnado en este Cerbero que pone a prueba mi valor? El perro seguía ladrando sus avisos en insistentes círculos, cual tiburón de tierra.

Para que el lector comprenda mis temores, debo desvelar ahora una anécdota que acaeció no ha mucho en las afueras de la ciudad de Núremberg. Una tarde de mayo, un perro emergió de las sombras enemigo, y sin aviso ni derecho, me mordió la pierna con toda la vileza de la que fue capaz. Mi grito de dolor debió de espantarlo, o tal vez fuera un atisbo de conciencia. (“Remordimientos”, juas). Y a través de los jirones de mis gruesos vaqueros pude ver que manaba sangre; cota de malla élfica marca Levis: ésta impidió que el maligno can se llevara un buen pedazo de carne de escritor en ciernes. Este episodio me dejó grabadas las siguientes improntas: 1) una curiosa cicatriz en forma de “L” invertida; 2) un nuevo temor post-traumático para con el que dicen ser el mejor amigo del hombre, y 3) un incrédulo desencanto del que no consigo recuperarme, pues siempre me consideré amigo y defensor de todos los animales de la Tierra. Inyustisia donde las hubiere. Dosis de realidad amoral, animal. Y también dosis, algunas horas después, de vacunas contra la rabia y el tétanos… ¿A quién le asombra pues que tuviera miedo de salir del coche? ¿Quién puede acusar de cobarde al que pronto huye de lo que ya le es conocido por haberle causado profundo daño? ¿Y por qué tiende a tacharse de cobardía lo que bien debiera ser tenido por escarmiento y sentido común? Pero esto ya es una reclamación mal hilvanada, que prefiero dejar para otra ocasión.

Volvamos al Land Cruiser 4×4, islote rodeado de monstruos, dentro del cuál había un hombre, dentro del cuál había un corazón, dentro del cuál había una idea, que se debatía entre el coraje y regresar al pueblo sin una historia en su haber.

Así que decidí quedarme. Reuní a duras penas el valor necesario y, rozando la temeridad en lo que respecta al terror que sentía, bajé del coche y me agaché hasta quedar mi cabeza a la altura de la del mastín, que aullaba como loco. Cerré los ojos, muerto de miedo. Notaba en mi cara su aliento cálido y sus ladridos me ensordecían el ánimo. Un vértigo profundo se abría paso en mi estómago. ¿Olerá mi miedo? ¿Me arrancará la cara de un bocado? Al menos mis ancestros, si me están viendo, estarán orgullosos de mi bravura. O se llevarán la mano a la frente, lamentando que los genes de la estupidez más insondable hayan triunfado en esta línea sucesoria. Pero entonces el perro calló: me olfateaba la boca, el pelo. Me atreví a abrir un ojo y estiré la mano. El perro la olisqueó y luego la lamió. ¡Buau!, aprobó sucinto, con voz de juez gordo y borracho. Y yo era una versión más mundana del Principito, porque aunque temblando y en cuclillas, había logrado domesticar a mi zorro. Suspiré más de alivio que de satisfacción y al ponerme de pie noté el cuerpo engarrotado. Entonces una voz a mis espaldas llamó al perro (“¡Tolo!”) que acudió como un cometa blanco a los pies de su verdadero amo: el guardabosques.  […]

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