Rencor

Lord Byron se sonreía encantado. El relato de mis pesares debió de parecerle demasiado pueril, y así lo demostró con su comentario:

— Eres un verdadero fatuo, querido, te aferras a tu rencor como un niño a su vieja pelota.

Noté que mis orejas enrojecían en la oscuridad. Guardé silencio y arranqué una brizna de hierba que me llevé a la boca, como si con ello pudiera ignorar mi orgullo herido.

— Para ti es fácil ser mordaz — dije —, llevas casi doscientos años muerto.

Lord Byron soltó una breve carcajada, que sin embargo sonó hueca y triste en la soledad de aquel cementerio, como un redoble de tambor.

— Debiste haberme conocido en vida, ¡era mil veces peor! Pero déjame insistir, compañero, en que tus quejas carecen de fundamento, y que la miseria de la que quizás te crees víctima es exclusivamente tuya.

Lo último que habría esperado de un poeta como Byron era un reproche tan cruel, si bien tenía fama de haber sido un excelente cabronazo hacia cualquier cosa que rezumara hipocresía. Reconozcámoslo, en realidad me lo merecía.

— Quizás sea verdad— dije —, y más allá de este rencor sólo me quede la nada.

Lord Byron me contemplaba risueño, pero esta vez no había malicia en su expresión:

— Hay que ser muy necio para hablarle de la Nada a un muerto… — entonces clavó sus hermosos ojos en la negra tumba de la que unas horas antes había emergido. — La nada… —  suspiró — Ése es el verdadero abismo.